«La naturaleza no tiene ningún tipo de secreto que, en alguna parte, no se muestre desnudo a los ojos de un observador atento», dijo Goethe. Por ello, si seguimos con atención lo que ha pasado en los últimos años con el tema de la minería a cielo abierto en Guatemala llegaremos directamente al estado de Sitio impuesto en Santa María Xalapán y vecindades en las últimas horas. Todo, alrededor de la mina de San Rafael Las Flores. Se abre de nuevo la vieja herida alrededor de un problema de viejo cuño: la concesión arbitraria de sucesivos gobiernos a empresas de capital transnacional y sus socios locales, de licencias de exploración y explotación minera en el país.

 

Foto: estado de sitio, el ejército guatemalteco patrulla las calles y caminos en cutro localidades cercanas al emprendimiento.

Ver Ejército ocupa cuatro poblados de Guatemala opuestos a minería

Por Carolina Escobar Sarti publicado en Prensa Libre

Para nadie es un secreto que las heridas mal curadas vuelven a abrirse al menor roce. La minería de oro a cielo abierto es un problema mal y nunca resuelto en Guatemala, asociado a la violencia política de un Estado que se ha encargado de defender los intereses de las empresas mineras por encima de los de la ciudadanía.

La paradoja es que la misma violencia política que ha servido para reprimir —desde el Estado— a las poblaciones que se han opuesto durante los últimos años a la minería de cielo abierto a través de las consultas populares, es la misma cuya existencia algunos actores sociales niegan de cara al juicio del genocidio. Estos actores aseguran que desde la firma de los acuerdos de paz no se ha dado la violencia política en Guatemala, pero desde el mismo momento en que un Estado desconoce las consultas populares, un mecanismo que sí es democrático, y reprime a las poblaciones, se comete violencia política. Ninguna violencia política está separada de la organización política de un Estado y de las relaciones de poder que se articulan dentro de él para viabilizar un determinado proyecto de orden económico y social. Esta violencia política es una forma de perdurar el conflicto.

De inicio a fin, en este tema de la minería los engranajes se ponen a funcionar para sostener un determinado sistema de poder: desde una Ley de Minería que al momento de aprobar una licencia de reconocimiento está prácticamente obligando al Estado a permitir la exploración y explotación minera, hasta los cheques en blanco que firma la clase política de turno en las campañas electorales con las compañías mineras. Todo está diseñado para funcionar, pero sólo para algunos. Esto pasa incluso por una Ley Electoral y de Partidos Políticos que no regula los montos y proveniencia del dinero que reciben los partidos políticos en las campañas, y que luego los arrodilla cuando deben devolver los favores recibidos, en detrimento de la ciudadanía. Y por supuesto, pasa también por una corrupción endémica en el Estado y la sociedad, sin olvidar la vocación de servidumbre que ha padecido nuestra casta política y alguno que otro sector de poder real.

Al final, una no entiende qué es lo que la clase política no entiende, si es simple matemática: a más explotación minera, menos agua, menos tierra, más enfermedades, menos trabajo para las comunidades donde ésta se lleva a cabo y más ganancias para los dueños de las empresas que viven lejos de este paisito de 108 mil kilómetros cuadrados. Si fuera en el jardín de las casas de quienes firman estas licencias de explotación minera donde se propusiera buscar oro, no estoy tan segura de que lo permitieran fácilmente, o siquiera lo permitieran. Usarían, incluso, a las fuerzas de seguridad del Estado para reprimir a sus sentidos agresores y no a sí mismos.

Pero las comunidades donde se da la exploración y explotación quedan lejos, y la violencia política se caracteriza por ser, no sólo sostenida, sino ciega. Iniciado este artículo con una cita, quiero terminarlo de la misma manera, sólo que ahora con una de Vargas-Vila que habla sobre la clase política y dice: «Observando tantas estatuas ecuestres que pueblan nuestra América, uno acaba sin saber dónde empieza el prócer y termina el caballo».