Se ha señalado, tendenciosamente, que los pueblos indígenas, los campesinos y los ecologistas nos oponemos a todo. En los últimos años se hace notorio cómo algunos relacionan la resistencia contra la minería y las hidroeléctricas, como si fueran la misma cosa. No se compara la forma en que afectan a la gente y al ambiente. Hay gran diferencia entre dinamitar montañas y envenenar agua vs. alterar ríos y represar agua. La minería metálica -sobre todo la de oro- produce destrucción irreversible y envenena aguas, suelos y aires.

Por Magalí Rey Rosa publicado en Prensa Libre

La producción de energía a partir del uso de agua sería una excelente opción, si respetaran los ecosistemas, los ríos y la gente que vive en la zona que se afectaría. El tamaño de la represa, el tamaño del río y la ubicación de comunidades son los factores más importantes para determinar el potencial de riesgo de cualquier hidroeléctrica.

Eso es lo que no entienden quienes tildan de locos fanáticos a los que cuestionan la imposición de minas e hidroeléctricas. En lo que sí se parecen mucho la minería y las hidroeléctricas, la explotación petrolera, las plantaciones de palma africana, los megapuertos, las super carreteras, los canales secos y otros megaproyectos que se imponen es en su tamaño.

Son enormes proyectos, cuyos impactos generalmente se esparcen sobre cientos de kilómetros y miles de personas. Además, suelen ser transnacionales, donde hay más interés «trans» que nacional. Parece normal que quienes diseñan e implementan estos emprendimientos no sientan ningún respeto por la naturaleza y sus ciclos; y por lo tanto, no comprendan el enorme costo —en términos naturales y planetarios— de destruir o contaminar ecosistemas completos. Quienes los financian e imponen —por inmensas ganancias monetarias— no suelen demostrar respeto o solidaridad hacia la gente que pueda resultar afectada. La finalidad de estos proyectos es producir la máxima ganancia al menor costo.

Sabemos que los funcionarios públicos se roban el dinero de un pueblo desnutrido y abandonado que carece de alimentos y medicinas; que los «servidores públicos» no van a ser perseguidos porque desde hace mucho secuestraron el sistema de justicia; que matan a balazos a niños, mujeres, líderes o periodistas que son incómodos para la imposición de esos megaproyectos, porque saben que los crímenes quedarán en la impunidad.

Dice Noam Chomsky que la democracia y las ganancias son contrarias: «El objetivo de la democracia es permitir que la gente decida libremente cómo vivir y que pueda tomar las decisiones políticas de su interés. Lograr ganancias es una enfermedad en nuestra sociedad, basada en organizaciones específicas. Una sociedad decente y ética le concedería sólo atención secundaria a las ganancias. Por ejemplo, en mi departamento, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), unos pocos científicos trabajan muy duro para ganar mucho dinero, pero a ellos se les considera casos algo extraños, ligeramente dementes, casi patológicos. La mayoría de la comunidad académica está más preocupada en ser pionera (abrir caminos), por interés intelectual y por el bien común». Hoy, miles también soñamos —como Martin Luther King— que un día nadie sea juzgado por el color de su piel.