Ya sea que se trate del desastre de Chernóbil o de Fukushima: el escape de radiactividad traspasa las fronteras. Pero ¿quién debe asumir los costos del daño que las radiaciones pueden ocasionar a nivel mundial?

Foto: Monumento en memoria de las víctimas de Chernóbil

Fuente: DW

Después de un cuarto de siglo, el «sarcófago» levantado con premura tras el accidente de Chernóbil presenta cada vez más fisuras. Hay fuga de radiactividad. La radiación es 100 veces superior a la normal, según Heinz Smital, experto de Greenpeace en la materia. Lo que le preocupa especialmente es que esa radiación no proviene del suelo, sino directamente del reactor Nr. 4, traspasando el concreto de metros de espesor.

Un nuevo sarcófago

El legado radiactivo de Chernóbil seguirá constituyendo un problema para la comunidad internacional por muchas generaciones. Lo mismo vale para las consecuencias, aún no cuantificables, de la catástrofe de Fukushima.

En una reciente conferencia de donantes, Ucrania intentó recolectar el dinero para financiar un programa de seguridad para la región de Chernóbil cifrado en 1.500 millones de euros. Sólo consiguió que los participantes se comprometieran a aportar unos 550 millones de euros, que todavía no han sido transferidos a Kiev. Demasiado poco, teniendo en cuenta que sólo la construcción de un nuevo «sarcófago» para la ruina radiactiva tendrá un costo superior a los 1000 millones de euros.

Generosidad limitada

El secretario general de la ONU y el presidente de Ucrania, frente al reactor Nr. 4 de Chernobil (20.04.2011)

En el reactor Nr. 4 se encuentran depositadas aún 180 toneladas de combustible nuclear altamente radiactivo. La alternativa a la construcción de un nuevo «sarcófago» sería el traslado de ese material a un depósito definitivo, lo cual probablemente resultaría aún más caro.

Pero las donaciones son por definición voluntarias y hubo quienes declinaron hacer su aporte en la conferencia de Kiev. Es el caso de Japón, que argumentó con el incalculable costo que le supondrá hacer frente a su propia catástrofe atómica. Otros países, como Irlanda, España y Canadá, tampoco quisieron comprometerse, remitiéndose a sus actuales problemas financieros.

Falta de estándares internacionales

Actualmente no existe una instancia internacional que pueda exigir el pago de contribuciones para mitigar los daños del desastre de Chernóbil. También las medidas de seguridad son asunto de los estados afectados y el Organismo Internacional de Energía Atómica no tiene influencia sobre ellas, según explica Wolfram Tonhauser, director de la sección de derecho internacional nuclear de la OIEA.

Hasta el día de hoy, todos los acuerdos y convenciones sobre seguridad nuclear se basan en el principio del derecho a la autodeterminación de los estados nacionales.

Información deficiente

En casos como el de Chernóbil o el de Fukushima, también la OIEA está supeditada a las informaciones que proporcionan las autoridades nacionales. Pero eso no es suficiente para Stefan Wenzel, parlamentario de Los Verdes en el estado alemán de Baja Sajonia. A su juicio, tras lo ocurrido en Ucrania y Japón, la opinión pública internacional no ha sido informada en forma apropiada y veraz. «El hecho de que también organizaciones internacionales como la OMS y la OIEA participen a todas luces en este juego, y las informaciones no sean corregidas tampoco por nuestro Ministerio del Medio Ambiente, me enfurece», afirma Wenzel.

La bancada verde se propone plantear una discusión sobre el papel de la OMS y la OIEA, para inducir una reflexión sobre la responsabilidad internacional en la materia.

«Tras Fukushima, no hay excusa que valga»

Aún después de la catástrofe nuclear de Fukushima, muchos países se aferran a la producción de energía atómica. No obstante, lo ocurrido en Japón supone un punto de inflexión, opina Alexander Freund en su comentario.

Después de Fukushima, nada será como antes. Todos estábamos convencidos de ello cuando contemplamos las dramáticas imágenes provenientes de Japón. Los edificios de las plantas nucleares explotaban, los rostros de los ingenieros revelaban desconcierto, las evacuaciones dejaban atrás ciudades fantasmas. «Los riesgos de la energía atómica no se dejan domar, ni siquiera en un país tecnológicamente avanzado, como Japón», dijo la canciller alemana y física de formación, Angela Merkel, a la hora de justificar un inesperado golpe de timón: Alemania abandonaría la producción de energía nuclear a más tardar en 2022.

Esa decisión puede ser considerada correcta o falsa, dependiendo de qué posición se asuma de cara a la energía atómica. Pero, argumentos aparte, un hecho es irrefutable: a escala internacional, Alemania está sola en lo que se refiere a renunciar a la energía nuclear. Más allá de sus fronteras, casi nadie entiende el camino tomado por el Estado germano. Los países asiáticos que protagonizan un boomeconómico construyen nuevos reactores y hasta Washington aprobó la construcción de una nueva central atómica en Estados Unidos, 25 años después de la catástrofe nuclear de Harrisburg.

A primera vista, el mundo parece no haber cambiado en absoluto tras los sucesos de Fukushima. No obstante, lo ocurrido en Japón supone un punto de inflexión. Después de Fukushima, no hay excusa que valga. Al contrario de lo que ocurrió en la planta nuclear de Chernobil, que voló por los aires debido a la incompetencia de las instancias encargadas de su seguridad, la explosión de la de Fukushima demostró que la tercera economía del mundo –con toda su riqueza y su tecnología– no estaba en capacidad de evitar semejante calamidad.

Los márgenes de riesgo

Está claro que la humanidad puede controlar la energía atómica, así como ha controlado el fuego desde hace milenios, pero sólo hasta cierto punto. Los márgenes de error, los riesgos, nunca desaparecen del todo. Eso quedó claro en Fukushima, un acontecimiento que golpeó severamente la confianza de los japoneses en sí mismos. Ellos estaban seguros de que la ingeniería nipona podía hacer frente a la fuerza de los terremotos y los tsunamis más intensos, de que la alianza formada por la clase política y el lobby de la industria nuclear tenía todo bajo control.

Al final ocurrió todo lo contrario de lo que la sociedad nipona esperaba. Ni siquiera había un plan para evacuar a Tokio engavetado en alguna parte, por si acaso el viento decidía soplar hacia el oeste, en lugar de hacerlo hacia el mar, llevándose consigo el material radioactivo. Desde luego, no todos los escenarios ominosos se hicieron realidad tras los daños sufridos por los reactores de Fukushima; el anticipado Apocalipsis nuclear no se consumó. Sólo un área limitada quedará contaminada durante muchos años.

Pero Japón tampoco regresó a la Edad de piedra, como lo habían pronosticado los lobbyistas de la energía atómica, con todo y que, en este momento, casi todas las plantas han sido desactivadas para efectuar labores de inspección. Constatar la seguridad y el funcionamiento de estas centrales es razonable. Y, sin embargo, Japón está lejos de asumir un cambio de paradigmas en materia energética como el asumido por Alemania. Por razones económicas, estratégicas y ecológicas, la isla –pobre en materias primas– deberá seguir apostando a la energía atómica.

El debate en torno a la energía nuclear continúa, en Japón y en el resto del mundo. La cuestión no es decidir entre crecimiento económico y bienestar sostenible porque ambas cosas se pueden alcanzar con y sin energía atómica.

Después de Fukushima lo que nosotros –y las generaciones que vienen– debemos determinar es qué margen de riesgos estamos dispuestos a afrontar. Una prueba de lo difícil que nos resulta tomar decisiones en esta materia es el hecho de que no exista, en ninguna parte del planeta, ni un solo almacén final para los desperdicios que deja la producción de energía nuclear.