Afirma el decano de la universidad privada Eafit, Jorge Giraldo Ramírez, en su columna ‘Oro en el suroeste’ (‘El Colombiano’, 25-3-2012), que «la minería legal del oro en el suroeste antioqueño es una oportunidad». Afirma, pero no demuestra. Que la minería sea una oportunidad está por demostrarse, dadas las tecnologías utilizadas y la evidencia histórica de la minería del oro en Colombia, y el resto del continente, como actividad contaminante y enemiga del medio ambiente.

Por Guillermo Maya pubicado en El Tiempo
El precio del oro pasó de 310 dólares por onza (31,1 gramos) en el 2002 a 1.770 en septiembre del 2011, y después a 1.800, el 4 de octubre del 2012. Los grandes aumentos de precios en el mercado mundial, impulsados por la especulación financiera internacional, aunados a la difícil topografía colombiana y a la baja capacidad del Gobierno Nacional de controlar el territorio, han despertado la codicia de las compañías multinacionales y nacionales, así como las del crimen organizado. El objetivo de todas es sacar el máximo mineral en el menor tiempo posible, y por eso usan las tecnologías que tienen un mayor impacto sobre el medio ambiente, como la minería a cielo abierto, y poderosas dragas en las riberas de los ríos, al igual que el cianuro y el mercurio, elementos químicos que envenenan las aguas.

Las enormes rentas surgidas por la diferencia de los costos (incluidas las regalías del 4 por ciento) y el precio internacional han convertido la exploración y la explotación del oro en un gran negocio, y si es necesario habrá corrupción, amenazas y expulsión de personas y de comunidades. Si hay que tumbar y destruir pueblos, como pretenden con Marmato (Caldas), que está levantado sobre una montaña de 12,4 millones de onzas de oro, que valen 20.000 millones de dólares, lo hacen, como lo ha denunciado Óscar Tulio Lizcano (‘Marmato se resiste’, elcolombiano.com, 3-6-2012). Y si, por otro lado, hay que ganarse a las comunidades locales, la gran minería trata de seducirlas con regalos: «Balones de fútbol, material para manualidades, como telas, hilos, pinturas y agujas, hasta refrigerios y subsidios de transporte» han sido repartidos en Jericó (‘Nuestro oro es verde’, elespectador.com, 2-9-2012). Las transnacionales hoy, como los españoles en la conquista de América, quieren ganar la voluntad de las comunidades con espejitos.

Y la razón es muy sencilla: la Ley 685 del 2001, el Código Minero vigente, como afirma el profesor de la U. N. Julio Fierro Morales, hecha a favor de las compañías transnacionales, les quita «a las autoridades municipales la posibilidad de prohibir la minería dentro de su jurisdicción» y establece la prelación de títulos mineros sobre las disposiciones de ordenamiento territorial de las autoridades locales. «Por ejemplo, si un alcalde compró la cuenca que abastece a su pueblo de agua potable y cumple con su deber de protegerla, el Código de Minas plantea que tendría que permitir el desarrollo minero, sin ninguna consideración. En ese sentido, la provisión de agua potable para miles o millones de personas no interesa, pues, como no se establece la prohibición de extracción en las cuencas, no es posible negar el título» (‘Nuevo Código Minero, más de lo mismo’, unperiodico.unal.edu.co, 8-9-2012).

Debido a lo anterior, las comunidades, los concejos municipales y los alcaldes de las poblaciones del suroeste antioqueño, una de las zonas cafeteras más importantes del país, se han unido para frenar la penetración de la minería, legal o ilegal, en su región. «Nuestro oro es verde», han dicho. Además, si tenemos en cuenta que el suroeste «está sobre las fallas del Romercal y Cauca, (…) los trabajos de minería (…) podrían desestabilizar aún más el terreno» (‘Nuestro oro es verde’, elespectador.com, 2-9-2012). En este sentido, el alcalde de Andes, Elkin Darío Jaramillo, denuncia que «casi todo el territorio andino tiene pedidos en concesión o está en títulos mineros (…). Esta situación nos preocupa, porque es de allí de donde vienen las reservas de agua para nuestros municipios», de acuerdo con el periodista José F. Loaiza Bran (‘Fiebre por el oro siembra temor en tierras de Andes’, elcolombiano.com, 24-9-2012).

Sin embargo, la Gobernación de Antioquia, basada en las normas legales que regulan las actividades mineras y sobre las cuales las autoridades locales no tienen competencia, se declara a favor de los intereses de la gran minería, que, en lenguaje burocrático, denomina «minería responsable». En este sentido, la secretaria de Minas de Antioquia, Claudia Cadavid Márquez, es clara al respecto: «Una cosa es lo que uno quiere y otra, la que la ley permite. Tenemos que hacerles ver a los alcaldes y a la comunidad que la minería está regida por un código. (…)».
Le faltó decir que la minería está incluida en los diez mandamientos. Los códigos son hechura humana, así como se hacen se deshacen, mediante la voluntad popular, en una democracia. ¿Por qué Fajardo no lidera la reforma del Código Minero a favor de la nación colombiana y no de las transnacionales?

Aunque las exportaciones cafeteras han perdido importancia sobre las exportaciones totales, entre 1970 y 1986 representaban más del 50 por ciento, mientras que en el 2011 apenas llegan al 5 por ciento, y la participación del café en el PIB ha disminuido, al pasar del 3 por ciento en la década de los 80 a 0,6 por ciento en el 2011; la caficultura colombiana tiene una importancia muy grande para el bienestar de la población campesina: cerca del 70 por ciento de los costos de la producción de café son salarios, y cerca de 500.000 familias viven de la caficultura. Nada despreciable frente a minería, que es intensiva en capital, genera pocos empleos, es altamente contaminante y contribuye muy poco a las cadenas de valor agregado nacional.

En este sentido, como afirma el estudio del Banco de la Republica ‘El mercado mundial del café y su impacto en Colombia’ (2012), «el café tiene una posición privilegiada como proveedor masivo de puestos de trabajo e ingreso, lo que le permite dinamizar el consumo de los hogares y la economía en general», en mayor medida que la minería, que paga una masa salarial menor, y reexporta las utilidades, y apenas si paga unas pocas regalías, que en gran parte se pierden en corrupción y en obras de elefantes blancos.

En conclusión, como dice un habitante del suroeste, con la sabiduría que da la vida: «¿Cómo apostarle a la explotación del oro sabiendo que nuestro verdadero oro es verde, que nuestra riqueza son el agua, el café, la pasiflora y la flor del magnolio?» (elelespectador.com). El suroeste es colombiano, que los canadienses saquen el oro en Canadá.