No es sólo la educación la que les aprieta el cuello a los chilenos y chilenas. Los ambientalistas, y todos a quienes les preocupan por el futuro del planeta, están furiosos con la aprobación de minas de carbón en Isla Riesco para alimentar al creciente número de termoeléctricas contaminantes que se instalan en el país para abastecer de energía a mineras extranjeras que se van con los bolsillos llenos de la explotación de nuestros recursos naturales. Ya no resisten las irregularidades de Hidroaysén y de todos aquellos «emprendimientos» que matan el medio ambiente en beneficio de unos pocos. No son sólo las demandas por el derecho a ser educados con calidad, en igualdad de condiciones sin importar la cuna, sin tener que hipotecar el futuro por una apuesta a ciegas lo que impulsa a la calle a miles, lo que hace sacar las oxidadas cacerolas.

El movimiento estudiantil, acusado de excederse de su ámbito de acción, se ha transformado en el despertador de la adormilada ciudadanía chilena, pero también en el vocero del descontento acumulado por años.

Puede ser el ancestral deseo de mímesis el que motive a muchos a manifestar su molestia en otros ámbitos, pero sin duda se trata también de la constatación de que se puede y de que es casi un deber ejercer el elemental «derecho a pataleo».

Y es que basta dar una mirada rápida para ver cómo la «molestia» chilena – y no indignación haciendo gala de nuestro espíritu moderado- está en casi todas partes.

Por estos días los choferes del Transantiago paralizan por malas condiciones laborales y los pasajeros, aburridos de esperar la micro y de los problemas del servicio, se toman las calles y paran el tránsito para reclamar en una protesta espontánea e inédita.

También es nueva la manifestación de los fiscales y los funcionarios del Ministerio Público pidiendo mayor dotación y recursos. Y en este mismo ámbito, el descontento se traspasa hace tiempo ya hacia atrás de las rejas, donde más de cincuenta mil compatriotas viven en condiciones muchas veces infrahumanas en los penales del país.

La caridad comienza en casa, como dicen. Y es ahí mismo donde también se manifiesta la molestia con los subsidios insuficientes, lentos, con la reconstrucción que no levanta ni una sola piedra en algunos de los sectores afectados por el terremoto y donde cientos siguen pasando inviernos en mediaguas sin servicios básicos.

Un caldo de cultivo de enfermedades que irá a parar al servicio de salud público donde las consultas médicas  son escasas y de poca calidad, donde la gente aún se muere esperando una operación, donde las colas en los servicios de urgencia muestran uno de los peores lados de nuestro país: la pobreza, la desesperanza, el desamparo, la falta de acceso a servicios y de dignidad.

Los ambientalistas, y todos a quienes les preocupan por el futuro del planeta, están furiosos con la aprobación de minas de carbón en Isla Riesco para alimentar al creciente número de termoeléctricas contaminantes que se instalan en el país para abastecer de energía a mineras extranjeras que se van con los bolsillos llenos de la explotación de nuestros recursos naturales. Ya no resisten las irregularidades de Hidroaysén y de todos aquellos «emprendimientos» que matan el medio ambiente en beneficio de unos pocos.

Indignados están los consumidores con los abusos de las multitiendas, las farmacias, las Isapres, los supermercados, los bancos y con todo un sistema comercial que parece diseñado para intentar burlar y sacar el mayor provecho de las personas.

También lo están los mapuches, los pensionados, los que ganan el sueldo mínimo, los endeudados y hasta los trabajadores. La mayoría ya no aguanta la desigualdad.

Es por eso que las manifestaciones estudiantiles se han convertido en la expresión de esta serie de malestares que abundan en casa esquina de la nación y, de paso, en los interpeladotes directos de la deslegitimada clase política.

Cuando acudieron al Senado los estudiantes fueron claros: emplazaron a los parlamentarios a hacer su trabajo y al Ejecutivo a dar respuestas y soluciones.

 Reconocieron que no es este gobierno el responsable, simplemente le tocó responder  por la pesada carga que se acumula luego de más de treinta años de un sistema que se hunde. «Por si no lo sabían, esto es gobernar», les recordaron.