Dos palabras -oportunidad y riesgo- atraviesan los espíritus de los 90 mil habitantes de Paracatú cuando hablan de la Colina del Oro, depósito de unas fabulosas reservas de oro que están siendo explotadas por la empresa canadiense Kinross, siendo que el depósito del mineral tiene altas concentraciones de arsénico.

 

Fuente: 20 Minutos

«No tenemos intención de intercambiar nuestra salud y nuestra vida por trabajo. Si se demuestra que hay peligros seremos los primeros en apoyar el cierre de la mina», indicó José Osvaldo Rosa de Souza, presidente de la Federación de Trabajadores de las Industrias Extractivas de Paracatú, que representa a dos mil trabajadores.

«El problema es que no hay un estudio que certifique si hay o no riesgo. Hemos intentado en el sindicato tener respuestas, pero sin éxito», explica este hombre en su despacho, situado en un barrio cercano a la mina, que según Kinross tiene unas reservas probadas de 496 mil toneladas de oro, según su reporte de 2014.

De esta forma el representante sindical, que admite que la mina crea unos tres mil empleos, se refiere al riesgo de trabajar y, por extensión, vivir junto a la enorme mina de oro a cielo abierto, debido al alto índice de arsénico mezclado en la roca con el precioso metal, además de la plata y otros componentes.

Algunas fuentes aseguran que por cada gramo de oro obtenido en la mina se liberan por los menos 300 gramos de arsénico, componente incoloro, inodoro y difícil de detectar que provoca cáncer.

Al ser una mina a cielo abierto, que es explotada por medio de detonaciones diarias con dinamita para extraer la roca de la tierra, expertos como el geólogo Marcio José Santos, que vive en Paracatú, cuestionan que se esté poniendo en riesgo la salud de la gente y el medio ambiente.

«La empresa hace un monitoreo del polvo (provocado por las explosiones), pero no divulga los resultados. Nadie sabe cuánto arsénico está yendo a la ciudad. El viento sopla hacia el nordeste, es decir, va de la mina hacia la ciudad», explica Santos, quien es entrevistado desde un montículo donde se divisa toda la mina, que presenta un paisaje lunar.

«Los barrios cercanos a la mina son los más contaminados, y los otros reciben una carga menor de polvo. Ese es el principal cuestionamiento», señala este hombre, que también critica la contaminación de las aguas subterráneas que abastecen en un 25 por ciento las necesidades hídricas de la ciudad.

Kinross y la alcaldía de Paracatú, por su parte, niegan cualquier riesgo para la salud, y aseguran que se toman todas las precauciones necesarias para impedir que se ponga en riesgo la salud de las personas, en especial porque el arsénico es reconocido como un componente cancerígeno.

«Estoy convencido al 100 por 100 que la mina es segura», señala Gilberto Azevedo, director general de la mina, mientras nos recibe en la sede de Kinross en Paracatú con tres asesores de prensa y otro de medio ambiente.

El ayuntamiento, por su parte, alega que no hay un mayor número de casos de cáncer en la ciudad en comparación con otras del mismo tamaño y características, aunque los datos que proporciona a Notimex son sólo parciales.

Algunas personas, como el joven Winson Rafael Oliveira, de 35 años, no lo creen.

«En 2013 me diagnosticaron un cáncer de tiroides. No hay ningún antecedente en mi familia. He tenido que someterme a una operación y parar de trabajar ocho meses», denuncia, con la cicatriz en el cuello todavía perceptible sobre su piel.

Residente en Paracatú desde los cinco años, Oliveira cree que su enfermedad se debe al consumo de «agua contaminada», pues residió entre 2006 y 2011 en el barrio de San Domingos, que se sitúa cerca de la zona de las presas de relave de la mina.

En un clima de desconocimiento alimentado por la falta de un estudio imparcial y concluyente que determine si las 500 mil onzas de oro que Kinross obtiene anualmente de la mina tienen un costo ambiental y de salud para esta localidad que desde el siglo XVIII vive de la extracción del oro, la cuestión del cáncer es acaso la más sensible en la ciudad cuando Notimex visita la localidad.

Pocas personas quisieron ser mencionadas en el reportaje como consecuencia de «los riesgos» de hablar a la prensa sobre el tema, mientras al menos tres activistas tuvieron que salir de la ciudad en los últimos años por amenazas recibidas como consecuencia de su labor o sus críticas a la explotación del oro.