La localidad chubutense de Esquel fue la primera del país en lograr frenar un proyecto megaminero transnacional. A diez años del plebiscito donde el 81% eligió la dignidad, el pueblo festeja su «NO».

Foto: en la movilización del pasado 23 de marzo (Fotos de Esquel)

Por Julian Raso desde Esquel para Marcha
Cuando la transnacional Meridian Gold se instaló para extraer oro y plata con la promesa de 300 puestos de trabajo para su fase inicial, aquel pueblo del noroeste de Chubut todavía recordaba aquellas promesas de desarrollo que había traído en los años 70 la construcción de una represa. Pero luego de haber inundado lagos, rápidos y bosques milenarios esta obra sólo había dejado en la zona desocupación y falsas expectativas de progreso, mientras la energía obtenida era derivada a una fábrica de aluminio a 700 kilómetros de distancia.

La explotación minera, a sólo 6 kilómetros en línea recta de Esquel, pretendía utilizar millones de litros de agua de la misma laguna donde se proveen los ciudadanos y separar el mineral de la roca a partir del uso de cianuro. La probable contaminación ambiental en una zona que vive en gran parte de la agricultura y el turismo, junto al insensato 3% de regalías del material bruto que declara la empresa producto de las leyes menemistas que hasta hoy se mantienen vigentes, obligó a los vecinos a organizarse para frenar el emprendimiento que prometía cambiar la forma de vida del pueblo, sin consultarlo.

Así fue que surgió la Asamblea de Vecinos Autoconvocados por el No a la Mina de Esquel, quienes de manera horizontal comenzaron la primer tarea definida: informar a todos lo que significaba realmente esta promesa de desarrollo alentada y festejada en conjunto por el gobierno provincial radical y el municipal peronista. Rápidamente comenzaron a sumarse más y más vecinos a la lucha, desarrollando una verdadera militancia de hormigas casa por casa, escuela por escuela, logrando instalar en boca de todos el debate sobre qué rumbo quería el pueblo para su futuro.

La minera y los gobiernos también pusieron manos a la obra, comenzando por comprar los medios de comunicación. Sólo dos radios y el canal de televisión local resistirían este embate. La minera pagaba no sólo por su publicidad sino también para que no se divulgue información en su contra. La asamblea comenzó a realizar escraches a los principales diarios y radios al igual que a las casas de los gobernantes. Las marchas comenzaron a ser realmente masivas y creativas: ante el silencio mediático se realizaron sentadas y creativas intervenciones artísticas, como cientos de calaveras doradas frente a las oficinas de la minera y poniendo el cuerpo en una «acostada» de toda la marcha con cruces de cartón para representar un gigantesco cementerio. Finalmente y tras tanta lucha se juntaron 7.000 firmas para obligar al municipio a realizar una consulta popular obligatoria.

Aquel 23 de marzo de 2003, el 75% de los habilitados para votar se dirigieron a las urnas para elegir entre un SI o un NO al emprendimiento minero. Nunca antes, tantos esquelenses habían participado en una elección, el nivel de abstención fue el más bajo en la historia. El resultado transformó en vinculante lo que ya se sabía: Esquel no compraba los espejitos de colores que ofrecían gobiernos y transnacionales, el 81% dijo NO. La empresa vio el día siguiente caer a pique sus acciones en Wall Street y frente al discurso oficial de la megaminería como única forma de solucionar el problema de la falta de trabajo, el pueblo respondió con una lección de dignidad. Era más grande el porcentaje de desocupación que los votos afirmativos.

Sin embargo, este triunfo no dejaría tranquilo a nadie. La asamblea volvería a llenarse cada vez que los gobernantes insinuaran que se podría hacer minería en la zona y comenzaría una ardua lucha en el resto de Chubut logrando la ley provincial 5001 que prohíbe la megaminería a cielo abierto con cianuro. El «efecto Esquel» se sintió en el resto del país y comenzaron a surgir asambleas de autoconvocados en cada localidad afectada por las mineras a lo largo de la cordillera. Se había demostrado que un pequeño pueblo podía vencer a un gigante transnacional, apoyado por todos los poderes de turno y los medios de comunicación.

Si bien se mantuvo la marcha todos los 4 de cada mes y se festejó con alegría cada 23 de marzo, este último fue especial. Como ocurre con los números redondos, el décimo aniversario multiplicó los festejos y el entusiasmo. A partir de una presentación del concejal del Frente Vecinal, en el Concejo Deliberante se logró declarar de interés municipal a los festejos, pese a la poca simpatía que causaba a los 9 representantes del kirchnerismo.

El pueblo se empapeló de boletas del NO utilizadas en el plebiscito y de sobres colgados a modo de pasacalles. La asamblea motorizó charlas con referentes locales, regionales, de pueblos originarios e intelectuales que abordaron el extractivismo en toda América latina y se realizó una jornada cultural en la histórica plaza San Martín, donde participaron bandas locales, la murga «23 de Marzo» y hasta un coro de niños menores de diez años. Al festejo se sumaron las más jóvenes asambleas de localidades como Rawson, Puerto Madryn, El Bolsón, Bariloche, Comodoro Rivadavia y se coordinaron acciones para dar pelea al reciente interés provincial y nacional de modificar la ley 5001, para crear zonas de sacrificio en la provincia donde sí permitir la megaminería. También estuvieron presentes representantes de la meseta chubutense, que comunicaron las acciones de las empresas para generar consenso en los pequeños poblados, aunque ellos se resisten a ser considerados ciudadanos de segunda.

La jornada finalizó con una imponente marcha de unas 6.000 personas en una localidad de 32.000 habitantes, donde se destacó el colorido y la alegría en las caras de niños, jóvenes, hombres, mujeres, ancianos, todo un pueblo que festejó los 10 años del triunfo del plebiscito, pero también siguió plantando bandera por vida y trabajo dignos, sin saqueo ni negociados para unos pocos a costa del bienestar de todos.