Una comunidad de apenas 1200 personas logró lo que muchos quisieran: sus habitantes organizados rechazaron un proyecto minero de la poderosa empresa china JDC Minerals. Tlamanca, literalmente una mina de oro, supo defender su territorio en paz, sin grandes conflictos, sin detenciones ni muertos. Corrió al monstruo.

 

Fuente: Revolución Tres Punto Cero

En Tlamanca hay apenas más de 1200 personas. Para llegar hay que subir y luego bajar un puñado de montes agrestes, a más de media hora de la señal de teléfono más cercana. El camino es una curva tras otra, todo en silencio, si acaso pasa la combi que llega a Zautla, la cabecera municipal, a dos horas de la capital de Puebla.

La diminuta comunidad, perdida entre cerros, es literalmente una mina de oro. Los que descubrieron eso fueron los empresarios chinos de JDC Minerals, quienes planeaban un proyecto de explotación minera a cielo abierto en el pueblo, pero no contaban con que la gente se estaba informando y rechazó la explotación al enterarse de los daños que podría causar.

Una mina a cielo abierto es una intervención sumamente agresiva al entorno: empieza raspando completamente la capa vegetal del suelo, dinamitando y dejando gigantescos agujeros donde antes había montañas y rociando con cianuro toneladas de roca trituradas para separar los minerales, sobre todo el oro.

La mayoría de los habitantes de Tlamanca se unieron en un frente común para defender el territorio. Apoyados por el entonces presidente municipal, Víctor Manuel Iglesias Parra, el 21 noviembre de 2012, un día después del Aniversario de la Revolución, hicieron una marcha a la que fueron 8 mil personas según las cifras de los lugareños –aunque algunos medios dicen que fueron 5 o 6 mil– de todas las comunidades del municipio, todos unidos para tener algo que dejarles a sus hijos y a sus nietos, para cuidar la vida misma que se desprende del cielo despejado, que no está manchado de edificios ni cables de luz.

En las fotografías se ven familias enteras marchando con carteles en rechazo a la mina, encabezadas por dos personas cargando una lona pegada a dos palos de madera: «CLAUSURADO», se lee con mayúsculas. «Los ciudadanos del Mpio. de Zautla Pue. clausuran la mina «La Lupe». 21 de noviembre de 2012.»

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Frente a más de 250 personas, el ex edil Víctor Manuel dice que lo ocurrido es una victoria para recordar siempre. Su voz se quiebra y las lágrimas lo traicionan. «Me llegó un poquito de nostalgia». Hace una pausa y se cubre los ojos con la mano, en medio del aplauso. Ante niños, familias completas, extranjeros y visitantes, confiesa que el día de la clausura de la mina le dijo a su esposa que no iba a ir a la manifestación. Estaba cansado. «Dios, ¿por qué nos haces eso? Yo ya tengo en contra a la gente sabiendo que no estoy luchando con una cuestión personal», se preguntó entonces. Pero el miércoles 21 de noviembre por la mañana salió a su trabajo y vio toda la caravana de autos de las miles de personas que habían viajado desde sus comunidades y municipios aledaños a apoyar la lucha, y fue la señal que lo convenció de ir al mitin que se convirtió en un hecho histórico. Durante su participación en el Encuentro de Pueblos en Resistencia Contra el Modelo Extractivo, realizado en Tlamanca hace un par de semanas, reconoce que fue un proceso pesado y difícil, pero la defensa del territorio fue algo que hicieron con mucho orgullo.

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Zautla se ha convertido en un ejemplo, en un símbolo de que la defensa del territorio no es siempre en vano, tanto así que del 14 al 16 de marzo albergó al Encuentro de Pueblos en Resistencia Contra el Modelo Extractivo, haciendo un enorme esfuerzo por hospedar aproximadamente a 300 personas de otros municipios de Puebla, de varios estados de la República e incluso a visitantes de Centroamérica, donde también la extracción minera está presente y ha derivado no sólo en problemas ambientales sino en conflictos sociales y en represión, al igual que en México.

Para los habitantes de Tlamanca fue esencial el apoyo del entonces presidente municipal quien negó los permisos del cambio de uso de suelo para que los chinos no pudieran hacer trabajos en el monte, dinamitándolo, a pesar de las constantes ofertas de dinero. Juan Onofre, el Huehuex –como le gusta que le digan desde niño y como lo conocen en varias de las comunidades de Zautla– fue presidente auxiliar de Tlamanca, y cuenta que al presidente le daban cien mil pesos para que dejara entrar a los chinos. Muchos le decían «ya, agárrelos», pero él nunca quiso. El segundo día del Encuentro, mientras en la plaza principal los asistentes ven un documental, el Huehuex platica de cómo lograron sacar a los chinos. «Hasta se les abrieron los ojos», dice, cuando vieron cuántos eran. Y aunque los chinos en sí eran pocos, traían mucha gente mexicana, pero al final tampoco pudieron contra la solidaridad de todo el municipio.

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Desde 1930 Zautla ha sido una zona minera, pero los trabajos se hacían de manera subterránea, a pico y mala y en menores cantidades, de manera menos dañina. Después la mina se reactivó con dueños mexicanos, pero se retiraron por problemas operativos y le cedieron sus derechos a JDC Minerals, que poco a poco empezó a comprar las propiedades que colindan con la mina La Lupe, apenas a unas cuadras de la zona habitada de Tlamanca, y cerca del manantial que nutre a la zona y viaja por otros ríos hasta desembocar en el vecino estado de Veracruz.

El viernes 14, el primer día del encuentro, los tlamanqueños compartieron su historia de resistencia. Contaron cómo los chinos llegaron y primero contactaron a las autoridades y comenzaron a hacer trabajo social, reuniéndose con la gente, contándoles las maravillas de la minería, prometiéndoles empleos por 25 años, una enorme derrama económica y el levantamiento de los negocios. Pero la gente se cuestionó. Los empresarios aseguraron que todo se iba a hacer mediante túneles, sin químicos, que iban a reforestar y que no iban a dañar al medio ambiente.

Entonces empezaron a comparar la situación con otros estados donde hay minería y de ahí surgieron las dudas a raíz de ciertas contradicciones. Y en este proceso de desmentir los discursos de JDC tuvo un importante papel el Centro de Estudios para el Desarrollo Rural (CESDER), ubicado en Zautla.

En octubre de ese mismo 2012 se organizó una asamblea informativa en el centro de Tlamanca, en el patio de la primaria, el lugar donde año y medio después se reunieron cientos de personas a escuchar una lucha descrita por algunos como inspiradora. Llegó más gente de la prevista que se enteró de la verdad de la minería a cielo abierto. La comunidad tuvo opiniones divididas y empezó un proceso difamatorio contra el CESDER y los participantes, pero a la vez más gente se acercó al presidente municipal, manifestándose contra autoridades de sus comunidades. De ahí se formó un grupo de voluntarios que tenía una función clara: informar sobre las consecuencias reales de la minería.

El alcalde Víctor empezó a tener encuentros con comités de las 32 comunidades del municipio de Zautla, con profesores, con gente influyente, explica, y también con académicos. El movimiento de rechazo cada vez mayor hacia la explotación culminó el 21 de noviembre con la clausura de la mina, primero con un consenso entre los habitantes, preguntando en una suerte de asamblea si querían el cambio de uso de suelo para entregarlo a JDC Minerals, y pudiera empezar la extracción, pero el pueblo se negó. El cierre simbólico de la entrada a La Lupe fue también respaldado con declaraciones firmadas por los Jueces de Paz de las comunidades.

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Y aunque el logro fue histórico, pues todo se logró en relativa paz, sin muertos, sin detenidos, no trascendió en la agenda pública, ni es algo que muchos sepan o recuerden, salvo los de Zautla y todos los demás serranos que ahora también pelean para que no destruyan sus comunidades.

Ahora el mayor revuelo que hay en Tlamanca es el sonido de las maquinistas de una de las tiendas del centro, las únicas luces que se ven después de las siete de la noche. Apenas un par de cuadras –el pequeño cementerio, la iglesia dentro de un patio custodiado por una reja cerrada con candado, una panadería con un solo mostrador, una señora que vende esquites, un café internet y un negocio de reparaciones– son lo que está iluminado y aglutinado. Después, las casas, casi todas de un piso, se van desperdigando entre la noche. No se escucha nada, apenas el viento y los pasos de quienes caminan para irse a dormir. Nadie hubiera pensado que esa gente tan pacífica y silenciosa tiene en su memoria y corazón un logro histórico, el logro de haberle ganado a los monstruos mineros que se comen la tierra.