Una investigación exclusiva de La Estrella de Valparaíso, muestra a «Los hombres verdes»: mineros contaminados con químicos y metales pesados. Ya han fallecido 113.

Fuente: La Estrella de Valparaíso

 

Acaba de salir del hospital San Pablo de Coquimbo. El cuerpo lo tiene lleno de llagas y, si comete el error de moverse mientras duerme, no sólo se despierta, sino que le sobreviene un dolor tan grande que lo hace gemir; en ese preciso momento se da cuenta de que la piel se le ha pegado a las sábanas.

Después de que se retiró de la Fundición Ventanas, la piel de Eduardo Castillo Castro, de 69 años, se transformó en lo que es ahora: una carpeta quebradiza, llena de ampollas y que se van reventando, una tras otra. Luego, aparece el mismo color del cobre en proceso de sulfatación: verde intenso.

No es una pesadilla, sino una cruda realidad: de hecho, a Castillo Castro le llaman «El hombre verde».

Metales pesados

-Es el color lo que se me pegó después de tantos años trabajando en esa fundición –dice el aludido, al teléfono.

Partió trabajando en Ventanas-Enami el 8 de marzo de 1971 y estuvo allí durante 30 años. Perteneció a casi todas las secciones de la planta. Cuando estaba en Control de calidad, sus funciones eran junto a hornos que quemaban metal a más de 1.200 grados Celsius: en ese lugar, él y sus compañeros se acercaban a la máquina y los gases que salían de los compartimentos de fundición se les pegaban a la nariz de inmediato.

Cuando tragaban, percibían una sensación de dulzor sintético que se les adhería a la garganta. Sabían del peligro del plomo: les hacían exámenes, les decían que debían tomar leche, pero nunca sintieron algo raro. Es más, se creían fuertes y sanos.

Nunca supieron del arsénico, el mercurio o los gases y químicos que fueron absorbiendo con los años.

«Es como si los químicos que inhalábamos nos mantuvieran inmunes a los males, porque cuando los primeros compañeros se retiraron, recién comenzaron a sentir enfermedades. Mi piel se puso con ampollas a los dos años de salir de Ventanas, y luego mutó al color verde», dice.

Luis Pino Irarrázabal hace el contacto telefónico con Eduardo Castillo. Es técnico químico de profesión y también trabajó en la sección Control de calidad de Ventanas-Enami, desde 1978. Había estado en la empresa por más de 10 años en otras divisiones, período en el cual le detectaron plomo en la sangre, producto de sus años en los hornos.

Mucho tiempo más tarde se dio cuenta de que los demás compañeros que él conocía empezaron a enfermar y a morir con síntomas que resultaban comúnes entre ellos: cáncer al estómago, garganta, pulmones; ex empleados con accidentes vasculares y problemas a la piel. Hombres perdiendo la memoria y destruyéndose, literalmente, por dentro. Ex trabajadores, antes sanos, a los que abrían en operaciones de rutina y a quienes los doctores encontraban con las vísceras teñidas de verde cobrizo.

-Viejo, cuídate mucho. Y exige que te hagan en el hospital el examen de metales pesados –le dice Pino a Castillo.

En un estudio realizado en 1993 por el sindicato de trabajadores de Enami Ventanas I, se estableció que entre 1973 y 1993 habían fallecido 55 trabajadores de la Fundición. 15 de ellos murieron por cáncer, con un porcentaje de 28, 85 %, de mortalidad, lo que contrasta con el 16,1% a nivel nacional; y que 24 trabajadores fallecieron por enfermedades cardiovasculares, lo que representa un porcentaje de 46,15%, muy superior al nivel nacional, que tiene una tasa de mortandad de un 27,4%.

Lo realmente sorprendente, sin embargo, es que el 75% de los funcionarios fallecidos en Ventanas hasta 1993 murió a causa del cáncer y de enfermedades cardiovasculares.
«Si uno ve la literatura sobre contaminación de metales pesados en humanos, se da cuenta que eleva la posibilidad de enfermarse de cáncer y enfermedades cardiovasculares», explica Pino.

500 enfermos

Pino empezó a recibir informes alarmantes. Sus compañeros iban muriendo año tras año. Hizo una lista y comenzó a llamar a amigos y viudas de los funcionarios muertos. Le dieron los Rut y buscó certificados de defunción. Muertos por cáncer a la laringe, pulmonares, a la nariz, cardiopatías. Uno de sus amigos fue abierto en una operación rutinaria y lo encontraron verde.

La lista empezó a crecer y los certificados, también. En un momento se encontró con más de 80 defunciones con causas de muerte asociadas a la contaminación. El listado de los hombres verdes llega al medio millar. Y siguen muriendo.

«Supe que Eduardo está empeorando», dice. «Era sano, fuerte, nunca una enfermedad y de pronto este viejo empezó con las heridas. Y está mal, ya le cuesta hablar. Hace dos meses me informaron que había muerto Núñez».

Castillo debe ir periódicamente al hospital en Coquimbo. Ha bajado más de 12 kilos y las explicaciones no son satisfactorias. Luis Pino cree que su compañero está contaminado con metales pesados: mercurio, arsénico y plomo.

Pero hay más. Según muchos, el caso clave en esta historia es la enfermedad y muerte de Raúl lagos Bastías, un funcionario de Ventanas que ingresó cuando comenzó a construirse la planta, y a quien se le comprobó científicamente la presencia de metales pesados en su sangre.

Su muerte, según su viuda, fue propia de la más oscura película de terror.

Hablan las viudas de «Los hombres verdes» contaminados en Ventanas

En esta segunda entrega de la investigación exclusiva de La Estrella de Valparaíso, el testimonio de las mujeres de los ex mineros de la Fundición Ventanas que han fallecido a causa de la contaminación con metales pesados».

Raúl Lagos Bastías estaba enamorado de la Fundición Ventanas. Ingresó en el año 1965 a trabajar y sus vecinos lo consideraban un privilegiado porque esa planta significaba el progreso en una zona prácticamente muerta.

Allí pasó 25 años plenos. Su esposa e hijos prosperaron en una casa cercana a la empresa. A pesar de que siempre llegaba con un sabor ácido en el paladar, de que la almohada de su cama quedaba verde al despertar en las mañanas y de que su mujer se quejaba de lo sucia y tóxica que estaba su ropa al ser lavada, Raúl Lagos se sintió agradecido por su suerte laboral una vez que cumplió su último día de trabajo en la Fundición.

El único evento complicado durante sus años en Ventanas fue un accidente en el que se quemó con cobre.

«Tenía la espalda llena de ampollas y los talones se le pegaron a los zapatos. Lo llevaron al policlínico y cuando volvió a la casa le brotaba agua verde del cuerpo. Era cobre», cuenta Eliana Morales, su viuda.

Pero, para Lagos, era el precio que tenía que pagar por el bienestar de su familia. En Ventanas les hacían exámenes de rutina y les decían que todo estaba bien.

Diez años después de haberse retirado empezó a perder la memoria. Su familia lo llevó a un médico, el que determinó que Raúl sufría de Alzheimer. Estuvo así por un tiempo hasta que su estado de salud empeoró. Bajó drásticamente de peso y comenzó a sentir dolores horribles que lo hacían gritar.

La contaminación de metales pesados, hasta ese momento inactiva, se había apoderado de su cuerpo. Raúl Lagos y su familia no lo sabían, pero él estaba condenado a morir de una manera horrible.

Habérmelo dicho

Eliana Morales vio cómo su marido se estaba consumiendo por dentro. Lo llevó por enésima vez al médico y éste se sorprendió del estado de su paciente: el Alzheimer no podía estar haciendo tal daño. En ese momento Eliana le dio un dato que no había dicho por considerarlo irrelevante.

-Doctor, mi marido trabajó toda su vida en Ventanas.

El médico la miró, serio.

-Por qué no me dijiste eso antes, niña -le respondió.

Ahí supo lo de la contaminación de metales pesados que se desprenden de la fundición de minerales, y calzaba perfectamente con los síntomas de su marido: que afectaba al sistema nervioso central, provocando amnesia, que provocaba vómitos, hemorragias, pérdida de peso y dolores espantosos.

El doctor le dio el nombre de un tecnólogo médico amigo, en el IST de Viña, y le dijo que tenía que hacerse un examen de metales pesados. El estudio arrojó presencia en la sangre de plomo, mercurio, arsénico y cobre más allá de la tolerancia biológica.

-Señora -le dijo el tecnólogo, según recuerda Elena-. Prepárese mucho porque su marido va a tener una muerte muy dolorosa.

El médico confirmó lo que esperaba: no se podía hacer nada más que asistir de la mejor manera a Raúl hasta que falleciera.

Eso ocurrió. El cuerpo empezó a brotarle, cuando podía orinar. «Era un sufrimiento atroz, Raúl botaba parte de sus vísceras. En las noches gritaba y los vecinos escuchaban sus gemidos. Un fuerte olor a amoníaco se respiraba en toda la casa» dice Eliana.

«Mi esposo se descomponía por dentro. Tenía un dispensador de morfina y no tenía efecto alguno. Murió pesando 35 kilos», agrega. aún emocionada.

Raúl Lagos es la prueba de que hay contaminación letal en Ventanas.

El operador

La especialidad de Roberto Álvarez Becerra era la de operador de caldera. Trabajó por 20 años en Ventanas.

A los 50 años sufrió un infarto cardíaco y le pusieron un marcapasos. Pasó varios meses con licencia y, acaso por esa razón, quizás, la contaminación por metales pesados se activó cuando aún trabajaba en la Fundición.

Cuando cumplió 60 años, a cinco de jubilar, enfermó de manera repentina. En septiembre de 2008 empezó a perder la memoria y a vomitar un líquido de color verdoso.
«Lo llevamos a la clínica Reñaca, y estuvo durante tres meses._Le hicieron decenas de exámenes y no encontraban la causa. La doctora, una oncóloga, no comprendía», explica Flor Violeta Bernal, su viuda.

El hombre pesaba cerca de 120 kilos y en dos meses perdió 50. Su memoria iba y venía. Internado en la clínica se puso como loco: se desnudaba y hablaba incoherencias. Sus riñones se despedazaron y en la parte del bajo vientre tenía llagas que dejaban la piel en carne viva.
Todos los dientes se le cayeron.

Llegó un momento en que ya no podían hacer mucho más en la clínica y lo enviaron a su casa. Antes de su alta, la doctora le dijo a Flor que lo más probable era que Roberto sufriera contaminación por metales pesados.

Mandó a hacerle los exámenes correspondientes.
«Mi esposo sufrió de una manera que nunca había imaginado que podía sufrir una persona. Codelco mandó una enfermera para que lo viera en las noches, pero mi marido gritaba mi nombre para que lo ayudara», cuenta Flor.

Sustancia gelatinosa

Habían pasado tres meses desde que Roberto enfermó.

Hacia el final, el hombre botaba una sustancia gelatinosa por su boca. Flor lo limpiaba. Según lo que le dijeron los médicos, era parte de su hígado.

El 25 de noviembre de 2008 Roberto Álvarez se sintió peor. Su corazón con marcapasos empezó a dar señales de deterioro. Lo llevaron al hospital de Peñablanca y allí falleció de un infarto cardíaco.

Según recomendación de la doctora que lo trataba en Viña, la familia solicitó una autopsia al cuerpo de Roberto. Pero el doctor jefe del hospital se negó porque, para él, la causa de muerte era clara. Según su viuda, ella llamó a Carabineros y dejó una constancia policial de la negativa del médico.

Por ese motivo Flor y su familia interpusieron una denuncia en la fiscalía de Quilpué. Pidieron que la justicia investigara las verdaeras causas de la muerte de Roberto. El fiscal de la causa ordenó exhumar el cadáver y que tomaran muestras de él.

«Un día nos juntamos con un abogado de Codelco. Nos ofreció 25 millones de pesos por lo de mi papá», cuenta Luis Álvarez Bernal, y añade:»Pero lo rechazamos._Los tres meses que estuvo en la clínica nos costó 30 millones. Él era funcionario».

La situación legal del caso de Roberto Álvarez está aún por verse. Los resultados de la exhumación no son conocidos por la familia y esperan que ratifique la contaminación por plomo, arsénico, cobre y mercurio.