El discurso que hace énfasis que los territorios son “lugares vacíos” o “desiertos” donde no vive nadie, tienen como contrapartida la posibilidad de ofrecer al capital sus reservorios de materias primas.

Por Adrián Monteleone *

En una entrevista, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, en el contexto de la disputa política entre el gobierno nacional y el gobernador de Chubut, Ignacio Torres, planteó que en Chubut hay “una planicie desde la costa hasta la montaña con todo tipo de minerales y no vive nadie, hay nada más que un millón de guanacos”. Una descripción geográfica más que simplificada y acotada que generó una fuerte controversia en las redes sociales.

Más allá de lo repudiable y anecdótico de los comentarios realizados por Bullrich, estos no son inofensivos, sino que se alinean con los discursos y representaciones territoriales hegemónicos que han servido para la construcción de la idea de “desierto” proyectada a fines del siglo XIX por la oligarquía pampeana con el fin de justificar la expansión del capitalismo hacia el Gran Chaco y la Patagonia argentina a costa del genocidio de los pueblos originarios. Sin embargo, este discurso también es resignificado en la actualidad para justificar otros proyectos como la minería transnacional y otras actividades extractivas a gran escala.

Ahí no vive nadie
Parafraseando a Patricia Bullrich, al referirse que en la planicie que está entre la costa y la cordillera de Chubut sólo hay “un millón de guanacos”, omite que la meseta chubutense (no la planicie) es un territorio organizado en pequeñas ciudades, pueblos y comunas rurales que desde mediados del siglo XX sobreviven y luchan contra el despoblamiento y el olvido del Estado debido a la falta de proyectos de desarrollo productivo, innovación e inversión en infraestructura de servicios y el proceso de concentración de tierras productivas por parte de terratenientes ganaderos, que paulatinamente fueron excluyendo a los pequeños y medianos productores rurales. Así también, la poca intervención en el manejo de los suelos generó un proceso de desertificación debido a la presión del ganado y las condiciones ambientales (aridez, vientos permanentes), algo denunciado hasta el cansancio desde hace más de 40 años por investigadores y ambientalistas.

Chubut vive del petróleo y de la pesca pero no de la minería
El planteo que Chubut vive de la pesca y el petróleo pero no vive de la minería porque “se votó la ley y luego se echaron para atrás” se alinea con otros discursos políticos como por ejemplo, el del exgobernador Mariano Arcioni que en la presentación del Plan Estratégico Minero de 2020 planteó la importancia histórica que representaba la minería para que la zonas postergadas como la meseta se desarrollen. Bullrich, por su parte da a entender que Chubut no tiene más recursos financieros debido a las oportunidades de inversión que se perdieron simplemente porque “no quisieron”, invisibilizando con ello las iniciativas populares del “No a la mina” de gran parte de la provincia sostenida desde inicios de la década de 2000 en Esquel.

El discurso que semantiza y hace énfasis que los territorios son “lugares vacíos” o “desiertos” donde no vive nadie, tienen como contrapartida la posibilidad de ofrecer o “sacrificar” al capital sus reservorios de materias primas. Si ello no es aprovechado, esos territorios quedarían condenados al olvido y la marginación. Por ello, se puede plantear que esas “zonas de sacrificio” son construcciones políticas, culturales y sobre todo discursivas que pretenden generar representaciones e imaginarios territoriales con finalidades concretas: intervenciones militares, policiales, extractivas, desarrollos inmobiliarios, entre otras.

Desde esta lógica, se pretende buscar adhesiones a la idea que sólo el capital privado es capaz de invertir en la explotación de las materias primas ociosas, generar empleo y, por lo tanto otorgar entidad a esos territorios. También es común que muchas zonas de sacrificio se desarrollan en regiones con bajos índices demográficos y núcleos de exclusión social con economías locales postergadas y desarticuladas que estén dispuestas a aceptar esas inversiones a cambio de la explotación de sus recursos con la promesa del tan ansiado progreso que el Estado ausente nunca pudo cumplir.

Ejemplo clásico en la vinculación de “lugares vacíos” o “desiertos” con zonas de sacrificio, fue en el norte de Santa Fe y Chaco donde la empresa de capitales ingleses The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited o más conocida como “La Forestal”, extrajo millones de árboles de quebracho entre finales del siglo XIX y 1960 para la obtención y exportación de tanino en un territorio representado como en el que “solo había monte”. Ese episodio de nuestra historia ambiental generó la pérdida de ecosistemas y conflictividad social a partir de que la empresa se apropió del territorio a tal punto que creó su propia policía para reprimir huelgas obreras.

Otro caso paradigmático fue en el norte de la provincia de Chubut, a inicios de la década de 1980 cuando la Comisión Nacional de Energía Atómica desarrolló el proyecto de instalación de un reservorio nuclear (comúnmente llamado “basurero nuclear”) a tan sólo 70 kilómetros de la localidad chubutense de Gastre para confinar desechos radioactivos de las centrales nucleares de Argentina y “alquilar” espacio para otros países. El proyecto llegó a tener difusión nacional y fue repudiado por las consecutivas movilizaciones populares durante las décadas de 1980 y 1990 para luego ser cancelado en 1996. Posteriormente, en la misma zona de la provincia de Chubut se intentó implementar desde principios de la década del 2000 el proyecto Navidad, una de las mayores minas de plata de América, que también fue rechazado por una gran parte de la población de Chubut.

Los discursos territoriales, muchas veces enunciados desde los sectores del poder político y económico son manifestaciones ideológicas que permiten juzgar, idear y utilizar representaciones para propiciar la aceptación de proyectos hegemónicos como la única alternativa posible de progreso a través de actividades extractivas, nuevos cercamientos de los bienes comunes y la apropiación extraordinaria de la renta por un sector concentrado. Quizás para algunos sectores del poder sea necesario que allí donde creen no hay gente como en la Patagonia, sólo haya guanacos pasivos y no comunidades que resistan al olvido.

* Profesor en Geografía y Magister en Ciencias Sociales. admonteleone@gmail.com

Fuente: Página12