Malagueño es la capital nacional del cemento, pero aun tiene calles de tierra. Es sede de una las empresas más poderosas del mundo, pero quedó atrapada en el tiempo. Explotación extrema de los recursos naturales, contaminación,residuos peligrosos y enfermedades, el cóctel de Malagueño, la ciudad gris.

Por Juan Cruz Taborda Varela publicado en Revista Matices

Estar a medio camino. La cruz de Malagueño.

Está a medio camino de la principal ciudad de la provincia y el primer punto turístico de Córdoba. Al costado de una autopista que anda a 150.

Está a medio camino de aquellos pueblos, hoy ciudades, que creyeron ver el progreso social en el progreso de unos pocos bolsillos.

Está a medio camino de tener gas, mientras la empresa que todo maneja, quema miles de metros cúbicos por día para lograr el cemento. Y veces quema gas. A veces quema muerte.
Está a medio camino de pavimentar sus calles. Ella, Malagueño, la que pavimentó las calles del pa­ís entero, anda en tierras sueltas.

Está a medio camino, Malagueño, de construir las casas de sus ciudadanos. Bajas, chatas. Viejas. Las más, quebradas. En Malagueño hay casas de chapa.

Está a medio camino de una bolsa de cemento. En Carlos Paz sale $48. En Córdoba, $46. En Malagueño, la cuna, $55.

Estar a medio camino. La cruz de una ciudad gris. Que huele a gris. Que muere a gris.

OLORES Y MIRADAS

«Sí», dice, «es siempre así». Y se va en la bici, atravesando la vía, pura basura y desperdicios. Es siempre así. El olor en Malagueño. Indescriptible y tenue, algo se está quemando. A lo lejos, una de las plantas de Holcim –la que fue Minetti-, humea los restos de un cemento extraído a las entrañas mismas de la ciudad, en canteras que buscan el fin. Se va en la bici pero cuenta que él, como muchos del pueblo, trabajó ahí. Pero a él, como a muchos, también lo echaron. 15 años atrás. Aho­ra es empleado de la Municipalidad. Las alternativas no son muchas.

Huele a combustión lenta. La ciudad está rodeada de incineraciones, moliendas, explosiones. El aire también es gris.

«La relación está para atrás», dicen todos. Son unos 5 ó 6. Están sentados en sillas, sobre la vereda, ronda de mate. Hablan de lo que pasa entre Malagueño, la ciudad gris, y Holcim, la empresa suiza. No duda ninguno: «Entre Holcim y Malagueño está todo mal». Y empiezan a enumerar los tiros de dinamita día tras día, ahí, a metros de donde están sentados. Las casas quebradas, producto de esos tiros. La fisura que hay, dicen, de una punta a la otra, atravesando al pueblo. «El ajibe ya no me junta agua, todo se va por debajo». Ni agua.

También separa a la empresa de la ciudad gris el despido de la gente, de los malagueños, de sus puestos de trabajo. Y de cómo los suizos les impidieron acceder a los lugares donde querían. Malagueño se volvió, literalmente, una ciudad sitiada. Sus casas viejas. Sus calles anodinas. Apenas perceptibles, las sierras de Córdoba alborotan de turistas a 5 kilómetros. Acá alborotan los disparos de dinamita tres o cuatros veces al día. Después todo vuelve a su silencio. El que genera rabia. Por lo mucho que se perdió.

«Vení», dice uno que, como casi todos, también trabajó ahí. «Te voy a mostrar». Caminamos por sen­deritos de basurales hasta la gran pared de pie­dra caliza que separa Suiza de la ciudad gris. Las camionetas de la empresa de seguridad –Brú­jula- que van y vienen. «Vení», insiste. No le im­porta la seguridad privada. La garita que mira des­de lo alto. Esto, entiende, alguna vez fue suyo. «Holcim está echando a la gente de Malagueño, les tiró dos mangos para se que vaya. Del otro lado estaba el barrio Montevideo. Lo tiraron todo abajo».

Los carteles, repetidos una y otra vez, frenan el paso de modo intimidatorio. Y separan lo que fue la sociedad, el pueblo, los hombres y mujeres que le dieron vida a la piedra hecha cemento y a la nueva empresa suiza, que alteró para siempre la vida de la ciudad desde mediados de los 90′.

Caminamos y a no más de 300 metros de donde los expulsados tomaban mate, otro mundo. El mundo abierto. La tierra con su herida sangrante. Canteras Malagueño, de los Ferreyra, había explotado el lugar. Sacaron piedra hasta que fluyó el agua. Cuando fue laguna, todo se volvió de los malagueños. Pero llegaron los suizos, drenaron y la dinamita fue comiendo todo lo que había.

La dimensión es inconmensurable. Miles de me­tros cuadrados que van de una punta a la otra. Y cientos de metros de profundidad. Parados en el vértice mismo de la tierra abierta, vértigo de piedra caliza, allá a los lejos, en la profundidad del planeta, apenas se divisan camiones enormes. Que cargan la piedra que será cemento y que nunca será de Malagueño. Las montañas comidas, literalmente. No sacan oro ni usan agua. Pero qué diferencia a esto de la Lumbrera. «Se comen los ce­rros enteros», dice nuestro guía improvisado, que cuenta de qué piedra se tiraba a la laguna que ahora es el pozo del fin del mundo.

_ ¿Tienen gas natural?
_ No. El gas es para la cal. No para la gente.

Viven, ellos, al borde de un precipicio. La empresa algún día se irá. Dicen que hay 20 años más de piedra caliza. Después se irá. El pozo, sí, será de ellos.

«Todo esto antes era libre». Ahora es suizo. «Era todo loma esto, ahora no tiene remedio», dice. Y no hace falta ser geólogo para entender: quién llenará las grietas de una tierra hundida.
La herida abierta. Que sangra agua en la ciudad gris.

DEBAJO DE LA HERIDA

La traza escalofriante que nunca más será remediada está ahí. Se ve. Pero peor, mucho peor, es lo que no se ve. Una comisión de vecinos viene trabajando desde hace años junto a FUNAM. Buscan que los escuchen. Pero la ciudad gris, además, es sorda. «Hay gente que le cree a estos tipos» dicen. «Les donan una computadora usada, les regalan un armario viejo y les creen». Hablan de Holcim y sus raptos de generosidad.

Malagueño como pueblo minero tiene más de 130 años. Canteras Malagueño primero, después Corcemar -que llegó desde barrio Jardín- y por último Minetti, aterrizado cuando se agotó el yacimiento de Dumesnil. Todo eso ahora tiene un solo nombre: Holcim. Que explota la cantera, que cocina el cemento, que se lo lleva. Que lo vende.
La extracción de piedra caliza es histórica. Cocinar la piedra para que se vuelva cemento a mil grados, también. Que esa cocina se alimente, en una de las plantas, de residuos peligrosos, no. «Co­mienza a complicarse cuando Holcim se hace cargo de todo» dicen los de la comisión. En la planta llamada Ecoblend –también de Holcim-, empezaron quemando, dicen, neumáticos en forma ilegal. Quemaban para lograr el fuego que llegara a mil grados. Les presentaron una denuncia penal y frenaron. Pero lo que vino después fue peor.

Explica el biólogo Raúl Montenegro, de FUNAM y acompañando a los vecinos desde el comienzo, que la firma Ecoblend brinda el servicio de recepción de residuos peligrosos para poder quemarlos en el horno horizontal. «Es una planta hecha para fabricar cemento. Entonces dicen que reducen el uso del combustible gas, pero en la práctica mantiene un negocio muy redituable». ¿Cuál es el negocio? ¿Ahorrar gas? No: «Córdoba es una de las únicas 5 provincias argentinas que recibe residuos peligrosos. En Buenos Aires, por ejemplo, está prohibido. Córdoba es una de las peores provincias en materia ambiental y pasan cosas muy raras: no tenemos industria petrolera, no tenemos mega minería, pero los residuos de esas actividades vienen a Córdoba. Vienen a Taym, en Alto del Durazno, o a Malagueño. Y ahí está el gran negocio», explica el biólogo. El gran negocio de cobrar por recibir aquello que nadie quiere. Y quemarlo.

¿Pero cuál es el problema de quemarlo?

Desde Fuman tuvieron acceso a un informe de la UTN que tuvo cierta repercusión pública. El informe encargado a la Universidad, que la empresa ocultó, medía la cantidad de dioxinas que esa quema liberaba al aire gris de Malagueño.
«Hol­cim descargó, violando la Ley Nacional de Resi­duos Peligrosos 24051, durante 2 años, dioxinas por encima de los que lo permite la legislación. Y lo mantuvo oculto. Y una de las dioxinas es cancerígena. Sin que la población lo sepa, nadie pudo tomar ningún tipo de recaudo».

Es cierto: Holcim respondió. Y dijo: No es cierto.
Según el informe, en 2009, la descarga de dioxinas superó en un 52% lo autorizado. Al año siguiente, un 203%.

Dice Montenegro que la empresa suiza es «el diablo corporativo del cemento», ya que esa práctica se reproduce en varios países de América Latina. «La empresa dice que nosotros queremos que se cierre la fábrica. Nos cambian el eje. Lo que decimos nosotros es que si quieren producir ce­mento, que al menos no lo hagan quemando residuos peligrosos», dicen los vecinos organizados, que llegan a una decena. En una ciudad de más de 10 mil.

El informe de la UTN fue de 2009 y 2010. Los malagueños estaban expuestos a todo. Y siguen. En la planta de Ecoblend pasan los camiones que llevan, anunciado en sus tanques, residuos peligrosos. Y el olor también se siente. «La Secretaría de Ambiente de la provincia, como en muchos otros temas, es tan responsable como la propia Holcim, de lo que está pasando. Porque si hace 2 años conocía que se estaban descargando dioxinas por arriba de lo que marca la ley, hay responsabilidad», dice el presidente de Funam. Lo que no hay es acción.

El estudio de dioxinas sólo se hace en Canadá. Pero después que se filtrara lo de la UTN, no volvieron a saber más nada. Es decir: mientras charlamos es posible que nos estemos contaminando.

«Lo que ellos dicen es que una vez quemado, lo que despide la quema queda encerrado en el clinker, que es la materia prima con la que se fabrica después el cemento», explican. Por lo tanto, «el cemento estaría contaminado. Hay estándares que dicen cuánto de metales pesados se permite.
Pero no se ha hecho la comparación entre el cemento a gas y el que está hecho con residuos peligrosos. En paredes quizás no haga nada, ¿pero en caños de agua? ¿Les informan a los usuarios del cemento que fue realizado con residuos peligrosos y posiblemente los tenga?»

Todas preguntas sin respuesta. Y el intendente funciona igual: pedidos y pedidos para que haga algo. «Jamás respondió», dice el grupo de vecinos. ¿Clientelismo privado ha­cia el poder? Hay cosas peores que pagarle un cho­ri a un pobre.

Qué queman: no se sabe. Pero están autorizados a incinerar aceites minerales, restos de la industria farmacéutica y residuos que contienen cianuro, arsénico y plaguicidas. Pue­de ser eso. Y mucho más: nadie sabe.

A todo esto se le suma el trabajo de investigación de Gonzalo Bermúdez – tesis doctoral realizada desde del Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal de la UNC-. Bermúdez descubrió que el nivel de metales encontrados en suelo, aire y cultivos en Malagueño es superior a los límites permitidos. El aire reboza de calcio, níquel, zinc y cobre. El cromo, el cobre, el hierro, el manganeso y el zinc se adueñaron del trigo. El cromo supera, en tierra, los niveles permitidos para no morirse de antemano. El investigador, en declaraciones a otros medios, no dudó: los registros que encontramos generan problemas de salud en la población.

GRIS Y AYER

Alguna vez Malagueño creyó poder convertirse en una ciudad pujante. Con tanta piedra hecha plata, mal no nos puede ir. Pero hasta sus plazas hablan de un abandono de décadas. «Desde que llegó Holcim en los 90′, se perdieron más de mil puestos de trabajo en la zona. Canteras Malagueño llegó a tener 800 trabajadores efecticos, Corcemar, unos 300, más todos los de Minetti» cuentan. Y saben que hoy, por el padrón del gremio, hay unos 300 en total. «Llegó a haber 1500 trabajadores. Muchos tienen miedo de que si cierra vamos a quedar afuera. Ya quedamos afuera».

Ya quedaron afuera.

El que no se enferma de desocupación, tiene alta probabilidad de enfermarse de otra cosa. Mientras el nivel de producción de Holcim aumenta, también los muertos por cáncer. Pero al igual que pasa en toda la provincia, en Malagueño no hay estudios de «morbo mortalidad ni estudios epidemiológicos», explica Montenegro. Y por eso, agrega, «el de Córdoba es un contexto ideal para empresas como Holcim o Monsanto, Córdoba es el lugar. Hacen prácticas clientelares, como las mega mineras, tiran pequeñas cositas y controlan a todos, amenazando que se van a ir».

Dicen los vecinos, sentados alrededor de una mesa, que llevan contados, sólo en Yocsina, el barrio malagueño donde está Ecoblend, unos 35 muertos de cáncer. «Casos fulminantes». Es un registro de vecinos, del boca en boca. Mientras, algunos concejales se mueven. Por ejemplo, le piden plata a Ecoblend para los carnavales. Los corsos salen muy lindos, viera…

Se quema el residuo. También el gas que com parten en plenitud Holcim, los cantris y algunos pocos más. «En el barrio IPV, de las 150 viviendas, sólo 50 tienen gas. Y ellos han quemado millones y millones de metros, pero el pueblo nunca tuvo un beneficio visible. Sí se beneficiaron algunos dirigentes».

Malagueño es sede, también, de una empresa dedicada a la molienda de cuarzo. «Que es lo que produce la silicosis. Los 30 y pico que trabajaron allí, se murieron de silicosis. Y se siguen muriendo», dicen. El polvillo que sale de la molienda de la piedra los baña. «Es horrible. En la noche, a cualquier hora», dice un hombre de los pocos que se animan a decir. Ni plantas le crecen.

Les crece, en la ciudad gris, la indignación por la ausencia de todo control estatal. «Esto es más peligroso que lo de Ituzaingó», dicen. Y cuenta que en el lugar en donde se quema la basura peligrosa del país, al lado de sus casas, Holcim pintó de amarillo refulgente un triángulo bien visible. Sólo ahí y nada más que ahí se puede fumar.

Las paradojas de una ciudad gris.