¿Qué discutimos nosotros? Poder dejarle a quienes nos sucedan en el futuro un planeta que «pueda» ser vivido. No discutimos salvar a los ucranianos de Chernobyl o a los japoneses de Fukushima, nuestras luchas dentro del único contexto que hay defienden los territorios azotados por el flagelo nucleoeléctrico. No hacemos oposición a un reactor que produzca radioisótopos para medicina o investigación. El drama mayor radica en convivir con este sembrado de plantas nucleoeléctricas, con suelos abandonados por la minería uranífera y por la entrega a las transnacionales de estos bienes comunes que pertenecen a los pueblos en su conjunto.

Por Javier Rodríguez Pardo
En nota publicada por el Diario Chubut (19-10-2014), técnicos de Energía Atómica acusan a «antimineros de falsear información» y para ello cometen falacias semejantes a las sostenidas en el año 1986 cuando dirigiéndose a la población del Chubut anuncian finalizado el proyecto de prefactibilidad para la instalación de un repositorio de desechos radiactivos de alta actividad.

En aquella ocasión, debatieron con el Movimiento Antinuclear de la Provincia que en el proyecto del repositorio habían intervenido especialistas multidisciplinarios que acreditaban las bondades del lugar elegido, el afloramiento granítico de Sierra del Medio. Ratificaron perforaciones de 800 metros, la inexistencia de agua, sismicidad nula y otras consideraciones de importancia acerca de la roca granítica.

Luego de un debate memorable entre los técnicos de la CNEA y el Consejo Superior de Geología de la Nación surge un documento firmado por la máxima entidad académica de profesionales de geología, concluyendo que «no había participado en el proyecto repositorio ningún hidrogeólogo, que los estudios hidrogeológicos han sido de carácter orientativo, habiéndose estudiado la depresión que rodea a Sierra del Medio pero no el propio macizo rocoso.

La zona no es geológicamente estable pues existen evidencias de neotectónica, habiéndose registrado movimientos en el cuaternario. Asimismo este Consejo considera necesaria la participación de expertos en hidrogeología en los niveles de conducción y decisión del estudio.

La información vertida por la CNEA y por el Instituto de Investigaciones Mineras de la Universidad de San Juan respectos de las propiedades de la roca no se han basado en mediciones efectuadas en el macizo de la Sierra del Medio sino que corresponden a las determinaciones que se realizaron en formaciones graníticas de Suecia.

Existe por lo tanto, un desconocimiento en Sierra del Medio de las propiedades mecánicas de la roca –concluye el documento del Consejo Superior de Geología de la Nación- que determinan la clase de deformaciones que pueden producirse por calor y por la construcción del repositorio y de las propiedades técnicas que determinan la capacidad de la roca para absorber y disipar la energía térmica emitida por el desecho radiactivo».

Pues bien, estas mentiras flagrantes de la CNEA de ayer, denunciadas por el Consejo Superior de Geología se reiteran hoy al tratar despectivamente a toda una provincia de «grupitos antimineros que sacan de contexto opiniones del extractivismo». En la nota publicada por el diario El Chubut afirman que «la minería recicla gran parte del recurso agua y en comparación con las actividades agropecuarias, consume mucho menos».

Los técnicos dibujan datos del buen uso del agua en la minería. Gente que no puede ignorar que la megaminería consume como mínimo 1 mt3 de agua por segundo (1.000 litros/segundo) las 24 horas del día. A tal punto que Chile intenta llevar agua de pozos salteños a razón de 6.000 litros de agua por segundo para sus minas de Antofagasta, La Escondida y la planta de Chuquicamata.

Esta última dificulta su operatividad utilizando 1.900 litros por segundo equivalente a lo que consume 432.000 norteamericanos en un solo día o 1.216.000 europeos o 16.416.000 africanos (datos suministrados por los ingenieros de las propias minas chilenas).

En cuanto a la energía utilizada para explotar esta minería a cielo abierto digamos que La Alumbrera consume el 80% de la energía que utiliza la provincia de Tucumán en su totalidad.

Sería conveniente que los señores del átomo le digan a los japoneses de Fukushima como deberían operar sus plantas de energía nuclear y también que determinen el costo de esa energía después de la inmolación sufrida por el último tsunami.

Entonces ¿Qué discutimos nosotros? Poder dejarle a quienes nos sucedan en el futuro un planeta que «pueda» ser vivido. No discutimos salvar a los ucranianos de Chernobyl o a los japoneses de Fukushima, nuestras luchas dentro del único contexto que hay defienden los territorios azotados por el flagelo nucleoeléctrico. No hacemos oposición a un reactor que produzca radioisótopos para medicina o investigación. El drama mayor radica en convivir con este sembrado de plantas nucleoeléctricas, con suelos abandonados por la minería uranífera y por la entrega a las transnacionales de estos bienes comunes que pertenecen a los pueblos en su conjunto.

Vigilamos también el cumplimiento de las leyes porque la Carta Magna del Chubut sancionada el 11 de octubre de 1994 «prohíbe en la provincia la introducción, el transporte y el depósito de residuos de origen extraprovincial radioactivos, tóxicos, peligrosos o susceptibles de serlo». Las movilizaciones de 1986/1996 produjeron las leyes patagónicas que impidieron la instalación del repositorio nuclear en Chubut. Esta provincia prevé en su Carta Magna el rechazo a instalaciones nucleares y las leyes mencionadas obligan a consultar al pueblo si quiere o no dichas instalaciones.

La propia CNEA en el Proyecto de Restitución Ambiental de la Minería del Uranio (PRAMU) dice que «la dispersión de las colas mediante el viento o el agua, o por disolución, puede trasladar partículas radioactivas y otros compuestos tóxicos a capas de agua superficiales o subterráneas, que constituyen fuentes de agua potable, a los suelos, a la cadena trófica y a los alimentos.

El abandono de las colas aumenta el índice de probabilidad de contraer cáncer e intranquilidad social», afirma la CNEA en su documento PRAMU. La CNEA se acostumbró a mentir y sus técnicos a usar chapa de físicos, en realidad de tecnócratas. Nosotros sólo difundimos las propias conclusiones de los expertos, incluso las de ellos mismos.

Trelew, 29 de octubre de 2014.