La otra factura de las bombas: contaminación de aire, agua y suelo, emisiones de gases de efecto invernadero, responsables del calentamiento del planeta, destrucción de biodiversidad y degradación de ecosistemas. Pérdidas de vidas en todas sus formas.
Por: Andrés Actis Fernández (*)
Foto portada: Entrada del Depósito de Petróleo del Noroeste de Teherán atacado anoche por Israel. Jaime León / EFE
Muertos, heridos y destrucción de ciudades enteras. Son algunos de los impactos más dramáticos y visibles de los conflictos armados en el mundo. Hay otro efecto, más silencioso y desapercibido, con consecuencias irreversibles: el climático y ambiental. La guerra desatada en Medio Oriente dejará una postal que se repite en cada enfrentamiento bélico: contaminación de aire, agua y suelo, destrucción de biodiversidad, degradación de ecosistemas y emisiones de una cantidad enorme de gases de efecto invernadero, responsables del calentamiento del planeta. Sin embargo, esta guerra tiene un problema añadido: ocurre en plena emergencia climática, en la era de la ebullición global, en palabras del secretario general de la ONU, Antonio Guterrres.
El coste ambiental de esta guerra ha quedado evidenciado en los últimos días, con unas imágenes que han dado la vuelta al mundo: la nube tóxica de petróleo sobre Teherán, la capital de Irán, tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel a sus refinerías. Al mezclarse con la humedad atmosférica, el hollín, las cenizas y los residuos de crudo han provocado un “desastre ambiental de gran magnitud con impactos inmediatos y a largo plazo”, advierten los científicos de Conflict and Environment Observatory (CEOBS), un observatorio especializado en el impacto ambiental de las guerras.
Las guerras son factores clave de cambios paisajísticos por la destrucción del bosque y por la polución por los vertidos de petróleo
Bombas que aceleran aún más la crisis climática
El humo que deja la explosión de una refinería contiene partículas muy tóxicas -óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre, monóxido de carbono, hidrocarburos aromáticos policíclicos y dioxinas – que representa “un riesgo para la salud de las comunidades cercanas”. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (WHO), ha denunciado que las “lluvias cargadas de petróleo” contaminan alimentos, agua y aire, “peligros que pueden tener graves consecuencias para la salud, especialmente en niños, personas mayores y personas con afecciones médicas preexistentes”.
Este observatorio aclara que también “existen consecuencias para el medio ambiente global” por las emisiones de gases de efecto invernadero. Los ataques a yacimientos de petróleo y gas liberan metano, dióxido de carbono y otros gases que calientan el planeta. La guerra en Ucrania, el ejemplo más cercano, ha dejado una cifra de 311 millones de toneladas de CO2, equivalente a las emisiones anuales de Francia, según el cálculo que ha hecho la ONG GHG Accounting of War, una asociación de científicos creada, justamente, para medir el impacto de la invasión rusa en el clima mundial.
Angham Daiyoub, ingeniera forestal e investigadora doctoral de CREAF, ha investigado el impacto ambiental de otra guerra, la de Siria (2011-2024), en la que murieron unas 600.000 personas y dejó más de seis millones de refugiados. El conflicto aniquiló 19,3% de la cubierta forestal del país, un total de 63.700 hectáreas de su territorio, una superficie equivalente a prácticamente toda el área metropolitana de Barcelona.
“Los conflictos armados y las guerras son factores clave de cambios paisajísticos provocados por la humanidad debido principalmente a la destrucción del bosque, pero también a la polución por los vertidos de petróleo”, explica esta experta.
Bombas que aceleran aún más la crisis climática
Imagen satelital, que muestra una columna de humo que sale de un buque tras una explosión en el puerto de Bandar Abbas, en el estrecho de Ormuz
El comienzo de la guerra en Medio Oriente ha coincidido con la publicación de un estudio científico que ha tenido mucha repercusión en la ciencia del clima. La nueva evidencia confirma que el planeta se está calentando a una velocidad nunca antes registrada.
Durante el periodo comprendido entre 1970 y 2015, la tasa de aumento de la temperatura se mantenía en un promedio de menos de 0,2 °C por década. Sin embargo, a lo largo de los últimos diez años, esta cifra se ha disparado hasta alcanzar los 0,35 °C por década.
Para Stefan Rahmstorf y Grant Foster, los científicos autores de esta investigación, la Tierra está experimentando una “aceleración drástica y silenciosa” que exige una mitigación ambiciosa y urgente por parte de la comunidad internacional. “Si la tasa de calentamiento de los últimos diez años continúa, nos llevará a superar a largo plazo el límite de 1,5 °C del Acuerdo de París antes del año 2030”, alertan.
En la investigación se explica que un calentamiento global de 1,5 °C a 2 °C podría ser suficiente para desencadenar “puntos de no retorno casi apocalípticos” con impactos irreversibles ya en este siglo. A la crisis climática, explican los científicos, hay que sumarle la crisis de biodiversidad, con ecosistemas -bosques, océanos, polos- que también se están degradando a una velocidad récord, como señala el último informe de la plataforma IPBES.
“La velocidad con la que la Tierra continúe calentándose dependerá en última instancia de la rapidez con la que reduzcamos a cero las emisiones globales de CO2 de los combustibles fósiles”, explica Rahmstorf. Una guerra a gran escala va en la dirección opuesta: más emisiones, contaminación, deforestación y destrucción de ecosistemas. “Otro tiro en el pie”, resume Fernando Prieto, doctor en Ecología y director del Observatorio de la Sostenibilidad.
Gaza, sin árboles ni vegetación
Humo se eleva tras una explosión, dentro de la zona de la “línea amarilla”, controlada por Israel, en Khan Younis, al sur de la Franja de Gaza
Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el ataque de Israel en Gaza ha causado “niveles sin precedentes de daño ambiental”. En este escenario, la recuperación de la vegetación, los ecosistemas de agua dulce y los nutrientes del suelo va a tardar muchas décadas, alerta este organismo.
Gran parte de la vegetación de Gaza ha sido destruida. Desde 2023, el territorio ha perdido el 97 % de sus cultivos arbóreos, el 95 % de sus matorrales y el 82 % de sus cultivos anuales. “La producción de alimentos a gran escala es imposible”, se explica en este informe.
Otra amenaza ambiental son las 61 millones de toneladas de escombros -cifra equivalente a 15 Grandes Pirámides de Giza o 25 Torres Eiffel- que, según este informe, contienen más de 100.000 toneladas de explosivos. Los escombros son, en sí mismos, una fuente de contaminación continua. A medida que se descomponen y se desgastan, liberan contaminantes al suelo y a las aguas subterráneas.
Según Greenpeace, la ofensiva de Israel ha lanzado a la atmósfera 652 mil toneladas de dióxido de carbono, lo que equivale a quemar más de 1.5 millones de barriles de petróleo. Se calcula que la reconstrucción de Gaza, el polémico plan que puso sobre la mesa el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, generaría más de 30 millones de toneladas de CO2 debido al cemento, acero, transporte y las obras.
“Este legado de destrucción ambiental va afectar la salud y el bienestar de generaciones enteras”, lamenta Inger Andersen, Directora Ejecutiva del PNUMA.
(*) Periodista especializado en clima y medio ambiente
Publicación original: La Vanguardia



