Un derrumbe en una mina de coltán del noreste del Congo deja cientos de víctimas y vuelve a desnudar la cara más oscura de los minerales que alimentan la tecnología global. Minería artesanal bajo el control del grupo rebelde M23 donde trabajan unas 10.000 personas, muchas de ellas menores de edad. Allí, se excavan túneles a mano, sin estudios geológicos, sin refuerzos estructurales y sin protocolos de emergencia. En temporada de lluvias, cada jornada de trabajo es una ruleta rusa.

Por: María Martínez

Foto portada: Obreros trabajan en un pozo abierto de la mina de coltán SMB cerca de la ciudad de Rubaya en el este de la República Democrática del Congo – REUTERS/ BAZ RATNER

El suelo cedió mientras dormía el mundo. En la madrugada lluviosa del noreste de la República Democrática del Congo (RDC), una colina colapsó y sepultó a más de 200 personas en una mina de coltán en la región de Rubaya, en la provincia de Kivu del Norte. No fue un accidente aislado ni imprevisible: fue la consecuencia directa de una cadena de precariedad, violencia y explotación que lleva décadas gestándose bajo tierra y que conecta, de forma incómoda, con los teléfonos móviles, ordenadores y coches eléctricos que circulan en las ciudades más ricas del planeta.

La tragedia ocurrió tras intensas lluvias que provocaron un deslizamiento de tierras en una zona donde la minería artesanal se practica sin medidas de seguridad. La mayoría de las víctimas eran mineros informales, pero también había mujeres y niños que vendían productos en un mercado cercano. Además, 20 personas resultaron heridas.

El coltán, un mineral estratégico compuesto de columbita y tantalita, es esencial para la industria tecnológica moderna. Pero en el Congo, su extracción sigue siendo sinónimo de riesgo mortal. Rubaya no es una mina cualquiera: de este enclave salen cerca de mil toneladas métricas de coltán al año, aproximadamente la mitad de la producción nacional y un 15% del suministro mundial. Bajo ese suelo inestable trabajan unas 10.000 personas, muchas de ellas menores, casi todas sin protección alguna.

La minería artesanal: trabajo sin red y muerte anunciada

Desde abril de 2024, la zona está bajo control del grupo rebelde M23, una milicia apoyada por Ruanda que domina buena parte del noreste del país. El gobernador designado por los rebeldes se desplazó tras el derrumbe para mostrar solidaridad, ordenar evacuaciones y anunciar la cobertura sanitaria de los heridos. También prohibió el acceso de mujeres embarazadas y niños a las minas, una decisión que llega tarde para quienes ya han quedado sepultados.

A pesar de la magnitud del desastre, la escena se repite con una frecuencia alarmante en la RDC. Solo en noviembre pasado, otro derrumbe mató a 32 personas en una mina del sureste del país. La diferencia es que Rubaya no es un punto ciego: es el corazón de un negocio global multimillonario.

Ahora bien, en Kivu del Norte, la minería artesanal es la única fuente de ingresos para miles de familias. Se excavan túneles a mano, sin estudios geológicos, sin refuerzos estructurales y sin protocolos de emergencia. En temporada de lluvias, cada jornada de trabajo es una ruleta rusa. Los mineros lo saben, pero la necesidad pesa más que el miedo.

La presencia de niños en estos yacimientos no es una anomalía, sino parte del sistema. Trabajan, cargan sacos, lavan minerales. Cuando la tierra se hunde, no distingue edades.

El coltán ilegal y la ruta del contrabando

Buena parte del coltán extraído en Rubaya sale del Congo de forma ilegal hacia Ruanda, desde donde se exporta al mercado internacional. Naciones Unidas y el Gobierno congolés han denunciado reiteradamente este contrabando, que genera ingresos de al menos 800.000 dólares mensuales para el M23.

Los informes de la ONU hablan de “niveles históricos” de tráfico ilícito de minerales. En otras palabras:

mientras las potencias discuten acuerdos de paz y las empresas tecnológicas publican informes de sostenibilidad, el coltán sigue cruzando fronteras manchado de barro, sangre y silencio.

Un conflicto eterno alimentado por minerales

El conflicto en el noreste del Congo lleva más de 30 años y tiene una constante: el control de recursos estratégicos. A finales de 2024, la ofensiva del M23, con apoyo ruandés, intensificó la guerra y culminó con la toma de ciudades clave como Goma y Bukavu.

Aunque en diciembre se firmó un acuerdo de paz impulsado por Estados Unidos, los combates continúan. A cambio de la mediación, Congo y Ruanda se comprometieron a facilitar el acceso de sus recursos mineros a empresas estadounidenses.

La paradoja es brutal: la paz se negocia sobre el mismo suelo que se derrumba.

En conclusión, cada smartphone, cada portátil y cada coche eléctrico contiene tantalio. Y detrás de ese mineral hay historias como la de Rubaya. La tragedia no es solo congoleña: es global. Porque mientras el mundo avanza hacia la digitalización y la transición energética, cientos de personas mueren enterradas para sostener ese progreso.

Publicación original: mundodiario.com