«No fue una historia, fueron once mil sesenta y cinco historias», dijo alguien en el multitudinario encuentro celebrado a diez años de la realización del plebiscito que prohibió la implementación de un proyecto minero en Esquel. Más de seis mil personas se manifestaron el sábado en la localidad, pero ningún medio de comunicación de difusión nacional se hizo eco de las voces que el 23 de marzo del 2003 lograron acallar el rugido bestial de un negocio ecocida.

Foto: recorte del acta de escrutinio definitivo de la consulta popular de marzo 2013 firmada por los miembros del Tribunal Electoral Municipal.

Por Soledad Arrieta para 8300

Desde el jueves, Esquel se vistió de otro color. El pueblo rodeado por montañas fue empapelado con las boletas que se impusieron hace diez años y la consigna se replicó desde la entrada a la localidad hasta dentro de las vidrieras de locales comerciales. «No a la Mina» levantó su puño tan alto como entonces, colmó las calles como un gran río desbordando un canal. Y desde la plaza, la misma en la que se presentaba una murga llamada «la 23» -en honor a la causa- entre otros espectáculos, partió una columna que de golpe empezó a nutrirse de gente que aparecía de atrás de los árboles o abajo del asfalto hasta llenar cuadras de militancia a favor de una vida digna, sin negocios ecocidas.

Miles de hombres, mujeres, adolescentes, niñas y niños se pasearon por el recorrido que acostumbran a realizar año tras año en esta fecha, pero con otro ímpetu, tal vez por la cantidad, tal vez por haber cumplido una etapa de lucha tan fructífera como la que lograron sin la necesidad de cargar con ninguna bandera partidaria -aunque haciendo verdadera política- dentro de un modelo que beneficia los emprendimientos que avasallan el ambiente en todos sus aspectos.

Esquel hace una década plantó una semilla enorme, preciosa, de esas que se reproducen sin importar los pinos que aparezcan en el camino ni el veneno que escupan las víboras que rodean a las poblaciones manipulándolas con sus más profundos temores. Las estrangulan. Las asfixian. La resistencia y el combate son las únicas herramientas posibles, y este pueblo -que hoy se vistió de alegría- supo utilizarlas curiosa y satisfactoriamente con una diversidad enorme, pero un objetivo común.

Tuvo que enfrentarse no solo con las empresas mineras, sino también con los gobiernos, con el Estado y con los medios de comunicación que supieron hacer su fino trabajo en la población. Y pudo. Once mil sesenta y cinco personas lo hicieron posible hace diez años y lo hacen posible hoy, mientras siguen organizándose, creciendo de manera horizontal y madurando cada una de las acciones que llevan a cabo.

Lo que pasó este 23 de marzo en Esquel, para gran parte del país no sucedió. Nadie marchó, no hubo muestras ni charlas, no pasaron diez años de nada, no existió tal plebiscito en aquel 2003. El silencio de los medios no es más que complicidad, en un caso con los gobiernos, en el otro con las corporaciones. Y, así y todo, el 81% votó en contra del proyecto destructivo que quería imponerse ayer y marchó hoy con ese espíritu no intacto, sino más golpeado y, al mismo tiempo, muy fortalecido. Porque la montaña sigue viva.