Estos glaciares no son adornos del paisaje; son parte de nuestra caja de ahorro. En los años donde se nos niega la nieve -como ha ocurrido en la última década y media-, son imprescindibles. La vida en nuestra provincia sería imposible sin la Cordillera e inviable sin el arribo de las nevadas, que junto a los glaciares dan vida a los ríos y recargan los acuíferos. Sin este corazón andino bombeando a través de las arterias del Mendoza, Tunuyán, Diamante, Atuel, Malargüe y Grande, el desierto hubiera reclamado ya sus antiguos dominios.
Se estima que 1.600 millones de personas -casi la cuarta parte de la humanidad- dependen de ríos que nacen en cordilleras lejanas, a veces invisibles desde sus ventanas, pero vitales para su subsistencia. Mendoza es un ejemplo de esta servidumbre hidrológica; la ciudad patagónica de Rawson, que bebe del lejano deshielo andino a través del río Chubut, es otro.
El anticiclón y nevadas (naturalmente) variables. El eslogan señala “Mendoza, tierra del sol y del buen vino”, pero rara vez nos preguntamos su causa. Vivimos bajo la influencia de un gigante invisible: el anticiclón semipermanente del Pacífico. Este centro de alta presión funciona como una muralla que impide el paso de las tormentas. Imaginemos el sistema atmosférico como una red de tuberías. El aire y las nubes, al igual que el agua, fluyen desde donde hay alta presión hacia donde hay baja presión. Nuestra provincia se ubica en latitudes medias, dominadas por un cinturón de alta presión —el anticiclón— que funciona como un tapón, impidiendo el paso de los sistemas de mal tiempo que provienen del oeste.
La buena noticia es que esta muralla es semipermanente. Durante el invierno austral, este tapón atmosférico se desplaza levemente hacia el norte, permitiendo que algún frente de tormenta deje nieve en las altas cumbres y, a menudo, descienda al llano como viento Zonda. Sí, deberíamos ser más indulgentes con el mensajero que además de polvo y calor anuncia nevadas en la montaña. Sin embargo, esta dinámica nos condena a una escasez estructural de agua. Los registros históricos confirman una verdad incómoda: los años secos (o poco nevadores) son la norma y los húmedos, la excepción.
La sequía del milenio que no termina
Desde el año 2010, esa muralla del Pacífico se ha vuelto casi infranqueable. Estamos inmersos en la megasequía, el periodo más extenso y severo de escasez hídrica desde que se tienen registros instrumentales, y posiblemente, de los últimos mil años. Quince años con nevadas un 30% por debajo del promedio histórico, no pueden explicarse sólo por la variabilidad natural del clima. Hay un nuevo actor en escena: el calentamiento global. El aumento de la temperatura planetaria, fruto de las emisiones de gases de efecto invernadero, intensifica y expande el anticiclón, bloqueando aún más la llegada de tormentas.

Paisaje invernal. Foto de Las Cuevas del 18 de agosto 2022. Se observa el manto nival con parches, adelanto de un verano con caudales bajos. La ruta nacional 7 corre a la par del rio Cuevas, uno de los afluentes (junto con el Vacas y Tupungato) más importantes del río Mendoza. Foto: Ezequiel Toum
Negar el cambio climático -o desfinanciar las líneas de investigación que lo monitorean- es un acto de ceguera que no altera la realidad física. Los mendocinos lo perciben en su piel: menos nieve en la montaña, ríos más flacos y veranos con más “noches tropicales” que impiden el descanso (la temperatura no desciende de los 20°C). Como país que emite pocos gases, pero sufre las consecuencias, la adaptación es un mandato. Necesitamos políticas públicas que aseguren el agua para las generaciones venideras.
La lección de 1968
La historia nos guarda una enseñanza final sobre la importancia de conocer lo que tenemos. Cuentan las crónicas que a fines del invierno de 1968 las autoridades estaban estupefactas: la Cordillera estaba desnuda, sin nieve.
Sin embargo, al llegar el verano, los ríos trajeron agua. ¿De dónde venía ese caudal si no había nevado? Del sacrificio silencioso de los glaciares. Aquella perplejidad fue el motor que impulsó, en 1972, la creación del Instituto Argentino de Nivología y Glaciología (Ianigla). Era necesario entender la montaña para poder habitar el llano.
Hoy, gracias a décadas de investigación, hemos despejado aquella incógnita. Sabemos que, para ríos como el Mendoza, si bien la nieve es la fuente principal, en periodos de sequía extrema el aporte de los glaciares puede ascender hasta el 30% o incluso la mitad del caudal. Entender esto no es un lujo académico; es la cartografía de nuestra supervivencia. En una región semiárida, donde se espera más calor y menos nevadas, el financiamiento de la ciencia pública -representada por el Conicet y la Universidad- es la única herramienta que tenemos para no caminar a ciegas hacia el desierto. Defender la ciencia también es, defender nuestra soberanía sobre el agua.
*El autor es hidrólogo del Instituto Argentina de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (Ianigla-Conicet) – Facultad Regional Mendoza, Universidad Tecnológica Nacional (FRM-UTN). El licenciado Ezequiel Toum es ingeniero civil y doctor en Ingeniería Civil (mención Ambiental). Ambos títulos fueron otorgados por la Facultad Regional Mendoza-UTN. Se desempeña en el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (Ianigla-Conicet) y en la Facultad Regional Mendoza, UTN.
Producción y edición: Miguel Títiro – mtitiro@losandes.com.ar
Publicación original: Los Andes