Si Google, además de ser una herramienta de búsquedas, fabricara mineral de hierro, tendría serios problemas. En cualquier caso la decisión de “retirarse” de China (aunque vía Hong Kong) era de prever.

 

Fuente: The Financial Times
25/03/2010. Google ha decidido que su marca, que depende de su imagen de campeón del liberalismo, vale más que una parte del mercado de la publicidad online de China, todavía incipiente.

El hecho de que Pekín comenzara a endurecer su política en la web y de que los hacker chinos, con o sin el beneplácito de de las autoridades del país, se aficionaran a acceder a las bases de datos de Google, facilitó la decisión del buscador de retirarse del mercado.

Sin embargo, Google no ha actuado a la ligera. Por el momento, mantendrá sus actividades I+D y un equipo de ventas en China. Aprovechando la ventaja del sistema “un país, dos servidores”, un vestigio del colonialismo británico, Google espera matar dos pájaros de un tiro. Los usuarios chinos que se conecten a Google.cn serán redirigidos automáticamente a la página de Hong Kong, libre de censura política.

El buscador ha cumplido con su compromiso de “no hacer mal a nadie”. Si Pekín decide bloquear algunos resultados de búsquedas, como ocurrió esta semana, es su problema. La decisión de Google plantea un dilema a las autoridades chinas, que han intentado achacar la retirada a una decisión puramente comercial.

Conceder más importancia al asunto podría debilitar la postura oficial de China, que alardea de su hospitalidad con las empresas extranjeras, y tensar aún más la ya difíciles relaciones con EEUU. Además, si la retirada se tiñe de matices ideológicos, Pekín perdería puntos ante un gran número de usuarios de Internet, que se sentirían avergonzados de que una gran compañía como Google no pueda operar libremente en un gran país como el suyo.

No obstante, parte de las autoridades chinas han intentado identificar a Google con el Ejecutivo hostil de EEUU, acusando a la empresa de “herir los sentimientos de los ciudadanos chinos”. Esta última acusación, normalmente reservada a los mandatarios nipones que visitan monumentos de los veteranos de guerra, no se corresponde con la realidad. Ningún país puede obligar a una empresa extranjera a invertir en su territorio. Cuando el restaurante chino que había cerca de mi casa cerró, no se me ocurrió presentar una hoja de reclamaciones ante la embajada china alegando que la clausura había traumatizado al vecindario.

De alguna forma, el dilema de Rio Tinto ha sido menos angustioso. A diferencia de Google, cuyos ingresos por publicidad en China sólo representan el 1,3% del total, el país asiático es el primer cliente de la minera anglo-australiana. Unos dos tercios del mineral de oro de la empresa lo absorben los consumidores chinos para fabricar acero, base de la industrialización del país.

Sin embargo Rio, al igual que Google, también ha tenido que enfrentarse a la legislación del país de los dragones. Cuatro de los empleados que trabajan en China, entre ellos el ciudadano australiano Stern Hu, comparecían esta semana ante los tribunales acusados de aceptar sobornos y de robar secretos comerciales.

Su repentino arresto el pasado mes de julio dio lugar a especulaciones sobre una posible ruptura de las relaciones de China con Rio e incluso con Australia. Al final, no ha sido así. De hecho las actividades comerciales entre los dos países han aumentado.

Además, Rio también ha incrementado sus actividades en China; este mismo mes ha resucitado un plan de cooperación con Chinalco para la explotación de reservas de mineral de hierro en Guinea. Es probable que su decisión de continuar con las relaciones como si nada hubiera pasado haya llevado a Hu a reconocer esta semana ante los tribunales que aceptó sobornos.

No obstante, incluso sin su confesión, la minera anglo-australiana tenía pocas opciones, aparte de intentar mantener satisfecho a Pekín. El mismo día en el que los ejecutivos de Rio comparecían ante el tribunal en Shanghai, el consejero delegado del grupo, Tom Albanese, rendía homenaje a los líderes chinos en el monumento a los héroes de la revolución, ubicado en Pekín.

El simbolismo difícilmente podría haber sido más claro. Bajo ciertos parámetros, hablamos de puras estadísticas. Google puede vivir sin China, Rio Tinto no. Pero esto simplifica en exceso las cosas. Pese a que en la actualidad los ingresos de Google en China son pequeños -de entre 250 y 300 millones de dólares (187 y 224 millones de euros)-, podrían aumentar hasta los 5.000 o 6.000 millones de dólares en el plazo de cuatro años, según los cálculos de un experto recogidos por Financial Times esta semana. Ese podría ser uno de los motivos por los que la “salida” de Google no ha sido categórica.

De igual modo, debido a su dependencia económica de China, Rio Tinto también se muestra ambivalente. Rechazó los 19.500 millones de dólares de Chinalco el año pasado por temor en parte al riesgo que suponía que su mayor cliente (el Estado chino) doblase su ya sustancial participación.

Desde entonces, Rito Tinto y otras empresas han ignorado las demandas de China a la hora de fijar los precios, trabajando con acereras japonesas en el desarrollo de un nuevo mecanismo de precios en el que China poco tiene que opinar. Tanto para Rio Tinto como para Google, China es demasiado grande como para ignorarla. Eso implica que, en ocasiones, China puede dictar las condiciones de negociación con las empresas, e incluso los países. Pero no siempre.